07 enero 2018

EL SENDERO DEL ZEN



Para entender la filosofía Zen es imprescindible comprender el budismo y algunas de las principales religiones orientales.
El Budismo tiene el objetivo de que todos los seres sean felices. No busca la salvación de sus almas, como la mayoría de las religiones monoteístas, sino que intenta apartar el sufrimiento de la vida.
Para ello, Buda indagó sobre la raíz del sufrimiento.
Todos estamos condenados a sufrir. ¿Por qué? Básicamente porque todo se acaba, porque estamos en un mundo en que todo es perecedero. La vejez, la enfermedad, la muerte, estamos continuamente expuestos a ellas y son la principal causa del sufrimiento.
Para huir de él, nos aferramos a los momentos de alegría, pero éstos reportan aún más sufrimiento cuando acaban.

La idea que mantiene el budismo es que atarse a este mundo sólo produce sufrimiento. Por ello, debemos buscar la iluminación: comprender que este mundo es ficticio, que vivimos rodeados de apariencias y somos nosotros los que decidimos creerlas ciertas. 

Existe un mundo imperecedero. Es donde están nuestras almas antes de llegar a la Tierra y donde vuelven a ir cuando morimos.
En ese mundo, la felicidad es auténtica, porque no tiene fin.
Por lo tanto, se ha de llegar a un estado que nos permita ver el universo en su totalidad y sirva para que seamos conscientes de que todo lo que damos por cierto no es nada más que apariencia. 

Todos nuestros actos tienen una reacción. Es la ley del karma. Y nosotros tenemos que equilibrar la balanza.
Volveremos de nuevo a la Tierra para saldar las deudas kármicas de nuestra anterior existencia. Pero al vivir de nuevo, crearemos más karma y por tanto tendremos que volver de nuevo. Y así sucesivamente.
La única forma de acabar con todo esto es trascender la ley del karma, pero no es fácil.
El único camino es dejar de sentir las emociones que forman parte de las apariencias. No sentir rabia, ni ira, ni envidia, ni alegría, ni dolor. Comprender que todo esto son sólo engaños que no nos permiten evolucionar a un estado superior de consciencia.
Sólo así, según el Budismo, se podrá acceder al Nirvana, un estado en que nos libraríamos de la cadena de reencarnaciones y formaríamos parte de todo el universo.

En el Budismo, el Nirvana supone la aniquilación, la destrucción de la individualidad, que es la única forma de acabar con el sufrimiento. La única fuente que procura la felicidad absoluta.

En el Budismo no existe el concepto de pecado. No hay nada que esté bien o mal, porque así lo mande un Ser Supremo. Cada cual busca la felicidad de la forma que puede.
Dañar a los demás es perjudicial, porque incrementa el karma negativo, y es una forma de hacernos daño a nosotros mismos.

Alcanzar la iluminación, ese estado que nos permite ver el mundo tal y como es y prescindir de las apariencias, no es un camino fácil. Para ello, es necesaria la meditación, que es la única forma de abstraerse de lo que nos rodea y conectar con nuestra verdadera naturaleza.

El Budismo es la religión más individualista. Cada uno busca su propia iluminación, y como mucho, puede compartir sus conocimientos con otros que también anhelen llegar a este estado.

Al pensar en el Budismo, la imagen que nos viene a la mente es la de monjes asiáticos, con la cabeza rapada, el manto rojo, meditando largas horas en busca de la verdad absoluta. Sin embargo, el Zen rompe completamente con este concepto.
En la filosofía Zen, no hay necesidad de retirarse del mundanal ruido, no es necesario renunciar a todo, se puede vivir el día a día de forma mística para conseguir la paz de espíritu.

El Zen es la disciplina de la iluminación. Y es que ése es su único objetivo.
Los seguidores del Zen no teorizan sobre el origen y el final del mundo, no se dejan llevar por la metafísica, no es necesario recitar sutras ni dedicar horas a la meditación, ésta se puede llevar a cabo en cada una de las acciones cotidianas.
La espiritualidad no es una renuncia al quehacer diario.
El Zen se practica en la cotidianidad. Es una filosofía aplicable a cualquier tipo de vida, esto es lo que hace que sea una filosofía mucho más mística que ninguna otra, ya que no separa lo divino de lo humano, sino que convierte a cada acción humana en una forma de trascender y, por tanto, de encontrar la Iluminación.

En el Zen, no se impone un camino o una serie de preceptos que el hombre deba cumplir. Casi todas las religiones tienen un objetivo y una razón para alcanzarlo: ser buenos para no ir al infierno, llegar a la iluminación para dejar de sufrir, esto no ocurre en el Zen. 
El Zen es la búsqueda de la espiritualidad por la espiritualidad.
La naturaleza del ser humano ya es pura y elevada, por tanto, volver a ella implica liberarnos de todas las apariencias impuestas y regresar a un estado originario. 
La iluminación es un estado que ya tenemos de salida y no se trata de hacer grandes sacrificios para acceder a ella. 

El Zen apenas tiene normas y preceptos que se tengan que seguir al pie de la letra, es una doctrina muy libre.
La meditación es una de las formas de encontrar el camino hacia la iluminación, por eso el Zen desarrolla muchas técnicas en este sentido. No se trata de una imposición, sino de una recomendación. 
La iluminación se puede alcanzar desde cualquier camino, cada uno tendrá que encontrar el propio para llegar a ese estado de liberación del sufrimiento.

Es imposible encontrar un escrito que explique cómo se ha de vivir según el Zen, pues esto sería una contradicción en sí mismo. Una filosofía libre no tiene mandatos. 
El Zen se ha ido transmitiendo a lo largo de los siglos a través de maestros a sus discípulos. No se ha de intelectualizar lo místico, sino que se ha de vivir. 
No sirve el estudiar libros sagrados, el conocimiento llega gracias al ejercicio de la intuición. 
Los maestros del Zen no dan largas explicaciones teóricas, sino que plantean a sus alumnos situaciones que sirven para que ellos desarrollen su intuición. 
El Zen es una experiencia vivida, no pensada.
El Zen intenta que se consiga la paz interior, ese estado mental en que no se fuerza nada, sino que todo fluye de forma natural. Por tanto sería contradictorio que para alcanzarlo uno tuviera que hacer un sobreesfuerzo intelectual.

El maestro del Zen apunta directamente a la mente del alumno. Éste alcanza el estado de Buda desde su propia naturaleza y no desde la reflexión intelectual. 

¿Cómo vivir según el Zen?

Los valores Zen se pueden aplicar en nuestro día a día, no es necesario escapar del mundanal ruido e ingresar en un monasterio.
Pero para vivir siguiendo la filosofía Zen, no se puede ser utilitarista, no se puede coger sólo aquello que nos gusta y utilizarlo en provecho propio.
La meditación, por ejemplo, no es una única forma de relajarnos porque llevamos una vida demasiado acelerada. Hemos de comprender que no tendríamos que llevar un tipo de vida que no nos satisface y nos pone al límite de nuestras energías. Estaríamos haciendo un uso utilitario si lo que pretendiéramos fuera conseguir más energías para seguir llevando una vida en la que sólo prima la ambición por conseguir más bienes materiales. 

El Zen nos invita a hacer una reflexión sobre el ritmo que llevamos y a entender que debemos cuidar nuestra espiritualidad desde una actitud más elevada.
No es que no podamos tener un trabajo normal ni ganar dinero, pero sí que deberíamos procurar aprender a poner todo esto en su sitio y a valorarlo en su justa medida. 
Para poder aplicar el Zen a nuestra vida diaria debemos comprender que es mucho más importante ser que tener. 

Vivimos en una sociedad en la que es muy importante poseer. Consumir bienes sirve para conseguir un estatus, pero ¿cuándo acaba esta ansia?
No tiene fin. Por tanto nunca estará satisfecha, y ello nos condena a la infelicidad. 
Esta ambición por poseer nos impide ver lo esencial: no es importante tener, sino ser. 
La verdadera riqueza y abundancia es la que llevamos en nuestro interior y nadie puede robarnos.
Nuestra riqueza es la más desconocida para la mayoría de la humanidad, es la que menos cultivamos, la que más olvidamos. Y eso nos lleva a una pobreza de espíritu que no se puede equilibrar con la posesión de cosas externas.
Intentar encontrar fuera lo que no se tiene dentro es sinónimo de no sanear el interior.
El Zen abre la puerta del gran tesoro interior. 

¿Cómo compatibilizar esta filosofía oriental con la sociedad occidental en la que vivimos?

La respuesta la hallaremos en la práctica continuada del “zazen”, la meditación.
Con la práctica del “zazen”, podremos ver las cosas desde un punto de vista completamente diferente. 

Si estamos sometidos al miedo, a los deseos, a la inseguridad o a la ambición, lo que nos rodea resulta demasiado grave y acaba convirtiéndose en un gran problema.
En cambio, cuando somos capaces de relajarnos, podemos actuar con mucha más libertad y las cosas fluyen de forma natural.

Conseguir la calma espiritual es uno de los pasos que más nos acerca a la felicidad, pues supone dejar de sufrir por cosas que no merecen la pena. 
El Zen es un camino que nos conduce a la lucidez y a la paz de espíritu. Y desde la tranquilidad es más fácil asumir cualquier reto que se nos presente. 

Para llevar una vida Zen es imprescindible la presencia de un maestro.
El Zen no tiene escrituras sagradas ni preceptos que seguir. Los conocimientos se han difundido durante siglos a través de maestros a discípulos, mediante la práctica oral.
El maestro nos ayudará a encontrar la postura adecuada, a hallar la respiración idónea, a diluir las inseguridades. Él sabe valorar las actitudes de sus alumnos y sacar lo mejor de cada uno de ellos. Él conoce cómo ayudarlos en cada caso.

El maestro Zen es un guía espiritual que ayuda a cada alumno a encontrar la llave para abrir su mundo espiritual, sin ser nunca un gurú o un predicador. 
No es un profesor, pues él no da sermones, su método es ayudar a despertar la conciencia de sus pupilos.

La práctica del Zen es muy beneficiosa para la salud, aleja muchos trastornos y permite llevar a cabo un día a día mucho más sano. 
El primer efecto es la ausencia de estrés. El Zen consigue que cuerpo y mente logren una gran relajación, y esto supone un beneficio en el que se padecen menos enfermedades. 
El control de la respiración que se consigue mediante el “zazen” calma el ritmo cardíaco y regula la circulación.
La exhalación profunda que se lleva a cabo durante la meditación, sirve para liberar a los pulmones del gas carbónico acumulado en ellos, y así se evitan enfermedades. El aire estancado en los pulmones produce opresión, ansiedad y nerviosismo.
El “zazen” ayuda a bajar la tensión y el ácido láctico en sangre, que es el responsable de la agresividad y de la desestabilización hormonal y del sistema nervioso. 
La relajación corporal y el estiramiento de la columna vertebral sirven para combatir los problemas de espalda y contracturas musculares en general.
La función del Zen no es curar, pero su práctica habitual puede mejorar las condiciones de nuestro organismo. 
La meditación “zazen” nos ayuda también a potenciar nuestras habilidades manuales, nuestra creatividad y nuestra intuición. 
La persona verdaderamente creativa es la que es capaz de ver más allá y proponer soluciones diferentes. 
La meta radica en no obsesionarnos sino en dejar que todo fluya de forma natural. 

Hay un dicho del maestro Dogen que dice así: “Mantened las manos abiertas, toda la arena del desierto pasará por vuestras manos. Cerrad las manos, sólo obtendréis un puñado de arena”.
La metáfora significa que sólo hemos de dejar que las cosas ocurran y notar las sensaciones que despiertan en nuestro cuerpo y dejarnos guiar por nuestra intuición, a la que habremos despertado con las técnicas “zazen”.




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