09 mayo 2018

LA GRAN ENSEÑANZA



Cada vez que tienes un problema estás enojado. Y cada vez que estás enojado tienes un problema.
¿De dónde surge este problema?
Surge de que las cosas no han ido como yo quiero. Surge de que no tengo lo que deseo. Surge del deseo a que esto sea como yo quiero que sea, y si no es como yo quiero que sea, entonces me enojo y sufro.

Todos los problemas surgen de la misma causa: "el deseo", "el yo quiero". Y para erradicar los problemas, debemos eliminar el deseo.
El deseo es una falta de aceptación de lo que es. “Yo quiero que esto sea de esta forma”. No aceptamos lo que es, estamos en contra de lo que es; hay negación, oposición, resistencia y por tanto, sufrimiento.
El deseo siempre conlleva al sufrimiento. Los problemas surgen del deseo, pues cuando no deseo que esto sea como yo quiero que sea, entonces no hay problemas, la vida fluye tal y como es y no hay resistencia, hay plena aceptación.

Todos queremos ser felices, nadie quiere tener problemas. Pero para eliminar los problemas, debemos eliminar el “yo quiero”, “yo deseo”.
¿Cómo eliminar el deseo?
El camino más rápido para eliminar el deseo es el siguiente:
Cuando yo quiero que las cosas vayan como yo quiero y no es así, entonces me enojo, hay un problema. Pregúntate a ti mismo: ¿Quién es el que está enojado? La respuesta es “yo”.
¿Quién es el que desea que eso sea como yo quiero que sea? La respuesta es “yo”.
¿Quién es el que tiene un problema? La respuesta es “yo”.
Todas las respuestas es “yo”. Toda la causa siempre es el "yo"; "yo estoy enojado", "yo quiero que las cosas sean como quiero que sean", "yo tengo un problema".
Por tanto, para erradicar el deseo y con él los problemas, debemos eliminar su causa, el “yo”.

¿Cómo eliminar el “yo”?
La mente es movimiento, es contenido. La naturaleza de la mente siempre es ir hacia fuera, hacia el mundo manifestado, para experimentar los objetos de percepción e identificarse con ellos. Cuando la mente se identifica con los objetos, surge un sentido de identidad, es decir, se personalizan los objetos; surge un sentido de “yo” que se apropia de los objetos y los hace propios y personales.
Este sentido de “yo” es la causa del sufrimiento. Es la raíz del deseo y de todos los problemas.
Buda, en las 4 Nobles Verdades, explica que la causa del sufrimiento es el deseo y el aferramiento propio y que éste debe erradicarse para lograr la liberación del sufrimiento.
Para erradicar el deseo debemos eliminar su causa: el “yo”. Y para poder eliminar el “yo”, debemos llevarlo a su fuente.

¿Cómo llevamos el “yo” a su fuente?
La naturaleza de la mente es ir hacia a fuera, hacia el mundo y los objetos de percepción. Mientras haya mente, habrá identificación y por tanto, habrá “yo”. Así que debemos llevar a la mente hacia adentro, hacia su fuente.
Para llevar a la mente y al “yo” hacia su fuente nos preguntamos: ¿Quién es este "yo"?
¿Quién soy “yo”? ¿Qué es lo que realmente soy?
Esto se llama auto-indagación.
Cuando empezamos a indagar y a preguntarnos quién es este "yo", la mente, la atención va hacia dentro, hacia el interior. La mente busca el sujeto “yo”. Pasa de ir desde el exterior, desde los objetos de percepción, a ir al interior. En el interior no hay objetos de percepción ni conceptos, el interior es quietud, es silencio, vacío, es paz. Es la quietud de ser.
Por tanto, la mente, cuando va hacia el interior a buscar una respuesta, no la encuentra porque no hay nada conceptual. Y al no haber nada, la mente no puede sostenerse y acaba disolviéndose.
Esto se llama "reposar en el corazón"; la mente no encuentra nada conceptual a lo que identificarse y, por tanto, descansa en la quietud, en la nada, en la ausencia de contenido y movimiento, en el vacío. La mente reposa en el Ser que Soy. Reposa en “Yo soy”.

En estos breves instantes en los que la mente descansa en el corazón, lo que queda es paz, silencio, quietud, vacío. No hay objetos de percepción, hay una ausencia de movimiento y contenido. Y esta ausencia es nuestra verdadera naturaleza; La Realidad Absoluta.

Descansar en esta paz y esta quietud es lo único que hay que hacer para erradicar el “yo” y con él, el deseo, los problemas y el sufrimiento.
Cuando la mente descansa en el corazón, lo que queda es el Ser puro. No hay “yo”, no hay ego, no hay nadie, se ha trascendido la persona. Esto es la liberación.
¿Liberación de qué? De la creencia de que soy alguien.

Pero la mente no tardará en volver a salir al exterior y llevar la atención hacia afuera, hacia el mundo y los objetos de percepción para identificarse nuevamente con ellos.
Cada vez que la mente vaya hacia afuera y surja el sentido de “yo” y con él el deseo, el enojo y el sufrimiento, lleva la mente hacia su fuente y descansa en la paz y la quietud que Es.
Cada vez que la atención salga hacia fuera y se identifique con el contenido, pregúntate: ¿Quién es este “yo”? y no respondas. Simplemente quédate en silencio.
Son unos breves instantes de tiempo en los cuales hay una total ausencia de movimiento y contenido, solo hay quietud. Sé consciente de este breve espacio de silencio y reposa en esta quietud.
Cada vez que vayas practicando así, estos espacios de silencio serán más largos. Pon tu atención totalmente en esta quietud y no hagas nada, simplemente descansa en el silencio.
En este silencio habrá un reconocimiento de lo que Verdaderamente Eres. Y después de este reconocimiento habrá una transformación interior en ti. Pero esto no puede ser un aprendizaje intelectual, debes experimentarlo. Solo en el silencio ocurre este reconocimiento de tu verdadero Ser. Solo el silencio te despierta de este sueño ilusorio.



Camino al Despertar

12 abril 2018

EL FALSO YO


“Si no cambian las estructuras de la mente humana, terminaremos siempre por crear una y otra vez el mismo mundo con sus mismos males y la misma disfunción.”
Eckhart Tolle ~

La palabra "yo" encierra a la vez el mayor error y la verdad más profunda, dependiendo de la forma como se utilice.
La palabra "yo" encierra el error primordial, una percepción equivocada de lo que somos, un falso sentido de identidad. Ese es el ego. Albert Einstein lo llamaba "ilusión óptica de la conciencia".
Esa ilusión del ser se convierte entonces en la base de todas las demás interpretaciones y nociones erradas de la realidad, de todos los procesos de pensamiento, las interacciones y las relaciones.
La buena noticia es que cuando logramos reconocer la ilusión por lo que es, ésta se desvanece. La ilusión llega a su fin cuando la reconocemos. Cuando vemos lo que no somos, la realidad de lo que somos emerge espontáneamente.

¿Cuál es la naturaleza de este falso ser?
Cuando hablamos de "yo" generalmente no nos referimos a lo que somos. La profundidad infinita de lo que somos, el Ser, se confunde con el pensamiento del yo que tengamos en nuestra mente y con aquello con lo cual éste se identifique.
La naturaleza de la mente siempre tiende a ir hacia fuera, hacia el exterior, hacia los objetos de percepción, para identificarse con dichos objetos y buscar un sentido de identidad; es decir, la mente busca ser alguien o algo en función de aquello que percibe. Este movimiento de la mente hace que la atención repose siempre en el exterior, en los objetos, y de esta manera hay un olvido de lo que realmente somos. 
“Esto, es la misma Conciencia jugando a ser alguien.” Tony Parsons ~

La identificación con los objetos implica atribuir a las cosas y a los pensamientos que representan esas cosas, un sentido de ser alguien, derivando así una identidad a partir de ellas.
El pensamiento “yo” se identifica con la percepción del cuerpo, con el género, con las pertenencias, con la nacionalidad, la raza, profesión, la religión, etc. El yo también se identifica con otras cosas como las funciones (madre, padre, esposo, esposa, etc.), el conocimiento adquirido, las opiniones, los gustos y disgustos, y también con las cosas que me pasaron a "mí" en el pasado ("yo y mi historia"). Estas son apenas algunas de las cosas de las cuales derivamos nuestra identidad.

La mayoría de las personas continúan identificándose con el torrente incesante de la mente, el pensamiento compulsivo, repetitivo y banal. Eso es lo que significa vivir en la inconsciencia.
Cuando se les dice que tienen una voz en la cabeza que no calla nunca, preguntan, "¿cuál voz?" o la niegan airadamente. Es la mente no observada. A esa voz casi podría considerársela como la entidad que ha tomado posesión de las personas.

Pensar inconscientemente es el principal dilema de la existencia humana.
Cuando observamos un pájaro o una flor y permitimos que sea sin imponerle un sustantivo o una etiqueta mental, cuando no hay ningún juicio alguno, se despierta dentro de nosotros una sensación de asombro, de admiración. Así mismo es con todo lo que se experimenta en la vida; cuando no hay juicios ni etiquetas, hay belleza en todas partes, pues se ven las cosas tal y como son, sin interpretaciones mentales. Se ve la Verdad de todas las cosas.

Cuando nos abstenemos de tapar el mundo con palabras y rótulos, recuperamos ese sentido de lo milagroso que la humanidad perdió hace mucho tiempo, cuando en lugar de servirse del pensamiento, se sometió a él. La profundidad retorna a nuestra vida. Las cosas recuperan su frescura, belleza y novedad. Y el mayor de los milagros es la experiencia de nuestro ser esencial anterior a las palabras, los pensamientos, las etiquetas mentales y las imágenes. Para que esto suceda debemos liberar a nuestro Ser, nuestra sensación de Existir, de las cadenas sofocantes de todas las cosas con las cuales se ha confundido e identificado. Liberarse de todo el condicionamiento.

Cuanto más se fija nuestra atención en atribuir etiquetas verbales a las cosas, a las personas o a las situaciones, más superficial e inerte se hace la realidad y más muertos nos sentimos frente a la realidad, a ese milagro de la vida que se despliega continuamente en nuestro interior y a nuestro alrededor.
Ese puede ser un camino para adquirir astucia, pero a expensas de la sabiduría que se esfuma junto con la alegría, el amor, la creatividad y la vivacidad. Éstos se ocultan en el espacio quieto entre la percepción y la interpretación. 
Las palabras y los pensamientos tienen su propia belleza y debemos utilizarlos, pero ¿es preciso que nos dejemos aprisionar en ellos?
Los pensamientos y las palabras son herramientas para poder experimentar en la dimensión de la materia, pero no debemos identificarnos con ellas.

La mente egotista está completamente condicionada por el pasado. Su condicionamiento es doble y consta de contenido y estructura. El contenido con el cual nos identificamos está condicionado por el entorno, la familia y la cultura y sociedad que nos rodea.
La compulsión inconsciente de promover nuestra identidad a través de la asociación con un objeto es parte de la estructura misma de la mente egotista.
Una de las estructuras mentales básicas a través de la cual entra en existencia el ego es la identificación. El vocablo "identificación" viene del latín "ídem" que significa "igual" y "facere" que significa "hacer". Así, cuando nos identificamos con algo, lo "hacemos igual". ¿Igual a qué? Igual al yo. Dotamos a ese algo de un sentido de ser, de tal manera que se convierte en parte de nuestra "identidad".
En uno de los niveles más básicos de identificación están las cosas: el juguete se convierte después en el automóvil, la casa, la ropa, etc. Tratamos de hallarnos en las cosas pero nunca lo logramos del todo y terminamos perdiéndonos en ellas. Ese es el destino del ego.

Las cosas con las cuales nos identificamos varían de una persona a otra de acuerdo con la edad, el género, los ingresos, la clase social, la moda, la cultura, etc. 
Aquello con lo cual nos identificamos tiene relación con el contenido. La compulsión inconsciente por identificarse es estructural. Esta es una de las formas más elementales como opera la mente egotista.
Paradójicamente, lo que sostiene a la sociedad de consumo es el hecho mismo de que el intento por reconocernos en las cosas no funciona: la satisfacción del ego dura poco y entonces continuamos con la búsqueda y seguimos comprando y consumiendo. 
El ego nunca tiene suficiente; esto es debido al sentido de carencia que hay en el interior de cada ser humano. Este sentido de carencia es producido por el olvido de lo que realmente somos, de nuestra verdadera naturaleza que ya es completa. 
El ser humano se pasa la vida buscando llenar esa carencia interna con objetos, con cosas, pero las cosas no pueden llenar permanentemente esa carencia interior. Pueden llenar por un breve tiempo esa carencia, pero pronto uno vuelve a sentirse incompleto y vacío y seguirá buscando adquirir más objetos o identidades para lograr llenar esa carencia interior. Pero todo en este mundo es cambiante, es impermanente, nada dura para siempre. La única forma de llenar esa carencia es yendo hacia el interior, con el reconocimiento de lo que realmente somos. Cuando reconocemos nuestra verdadera naturaleza, entonces nos sentimos completos y la carencia interior desaparece; no necesitamos de ningún objeto para sentirnos llenos porque reconocemos conscientemente que ya somos completos.

Claro está que en esta dimensión física las cosas son necesarias y son parte inevitable de la vida. Necesitamos vivienda, ropa, muebles, herramientas, transporte. Quizás haya también cosas que valoramos por su belleza o sus cualidades inherentes. Debemos honrar el mundo de las cosas en lugar de despreciarlo. Pero no debemos intentar llenar una carencia interna a través de las cosas. Cuando se vive en un mundo aletargado por la abstracción mental, no se percibe la vida del universo. La mayoría de las personas no viven en una realidad viva sino conceptualizada.

No podemos honrar realmente las cosas si las utilizamos para fortalecer nuestra identidad, si tratamos de encontrarnos a través de ellas. Esto es exactamente lo que hace el ego. La identificación del ego con las cosas da lugar al apego y la obsesión, los cuales crean a su vez la sociedad de consumo y las estructuras económicas donde la única medida de progreso es tener siempre más. El deseo incontrolado de tener más, de crecer incesantemente, es una disfunción y una enfermedad. 
Cuando perdemos la capacidad de sentir esa vida que somos, lo más probable es que tratemos de llenar la vida con cosas.

La vida nos pone en el camino las experiencias que más necesitamos para la evolución de nuestra conciencia. 
¿Cómo saber si ésta es la experiencia que necesitas? Porque es la experiencia que estás viviendo en este momento.

Para el ego, tener es lo mismo que Ser: tengo, luego existo. Y mientras más tengo, más soy. El ego vive a través de la comparación. El sentido de valía del ego está ligado en la mayoría de los casos con la forma como los otros nos valoran.
Necesitamos de los demás para conseguir la sensación de ser alguien. Vivimos en una cultura en donde el valor de la persona es igual en gran medida a lo que se tiene. 
Si no podemos reconocer la falacia de ese engaño colectivo, terminamos condenados a perseguir las cosas durante el resto de nuestra existencia con la vana esperanza de encontrar nuestro valor y de que somos alguien importante.

¿Cómo desprendernos del apego a las cosas? Ni siquiera hay que intentarlo. Es imposible. El apego a las cosas se desvanece por sí solo cuando renunciamos a identificarnos con ellas. Lo importante es tomar consciencia del apego a las cosas.
Algunas veces quizás no sepamos que estamos apegados a algo, es decir, identificados con algo, sino hasta que lo perdemos o sentimos la amenaza de la pérdida. Si entonces nos desesperamos y sentimos ansiedad, es porque hay apego. 
Si reconocemos estar identificados con algo, la identificación deja inmediatamente de ser total. "Soy la conciencia que está consciente de que hay apego". Ahí comienza la transformación de la consciencia.

El ego se identifica con lo que se tiene, pero la satisfacción que se obtiene es relativamente efímera y de corta duración. Oculto dentro de él permanece un sentimiento profundo de insatisfacción, de "no tener suficiente", de estar incompleto.
Al estar insatisfecho el ego tiene la necesidad de poseer más, a la cual denominamos "deseo". El deseo mantiene al ego vivo durante más tiempo. No hay ego que pueda durar mucho tiempo sin la necesidad de poseer más. El ego desea desear más que lo que desea tener. Así, la satisfacción somera de poseer siempre se reemplaza por más deseo. 
Se trata de la necesidad psicológica de tener más. Es decir, más cosas con las cuales identificarse. Es una necesidad adictiva y no es auténtica.
La mayoría de los egos sienten deseos contradictorios. Desean cosas diferentes a cada momento o quizás no sepan lo que desean, salvo que no desean lo que es: el momento presente.
Como resultado de ese deseo insatisfecho vienen el desasosiego, la inquietud, el aburrimiento, la ansiedad y la insatisfacción.
Las necesidades físicas de alimento, agua, cobijo, vestido y las comodidades básicas podrían satisfacerse fácilmente para todos los seres humanos del planeta si no fuera por el desequilibrio generado por la necesidad demente de tener más recursos, por la codicia del ego.
Los seres humanos siempre están buscando algo que prometa una mayor realización, que encierre la promesa de completar el ser incompleto y de llenar esa sensación de carencia que llevamos dentro.

El ego siempre es identificación con la forma. Es buscar un sentido de ser alguien, una identidad, en función de las formas. Las formas son: el cuerpo físico, objetos materiales, formas de pensamiento que brotan constantemente en el campo de la conciencia.
Aquella voz que oímos incesantemente en la cabeza es el torrente de pensamientos incansables y compulsivos. Cuando cada pensamiento absorbe nuestra atención completamente, cuando nos identificamos hasta tal punto con la voz de la mente y las emociones que la acompañan que nos perdemos en cada pensamiento y cada emoción, nos identificamos totalmente con la forma y, por lo tanto, permanecemos en las garras del ego.
El ego es un conglomerado de pensamientos repetitivos y patrones mentales y emocionales condicionados dotados de una sensación de "yo"; una sensación de ser algo o alguien. El ego emerge cuando el sentido del Ser, del "Yo soy", el cual es consciencia informe, se confunde con la forma. Ese es el significado de la identificación. Es el olvido del Ser, es la ignorancia, la ilusión de la separación la cual convierte la realidad en una pesadilla.

Cuando desaparecen o nos arrebatan las formas con las cuales nos hemos identificado y las cuales nos han proporcionado el sentido de identidad, entonces el ego se derrumba puesto que el ego es identificación con la forma. 
Por ejemplo: algunas personas, en algún momento de sus vidas, perdieron todos sus bienes, otras a sus hijos o a su cónyuge, su posición social, su reputación o sus habilidades físicas. En algunos casos, a causa de un desastre o de la guerra, perdieron todo eso al mismo tiempo, quedando sin "nada". Esto es lo que llamamos una situación extrema. Cualquier cosa con la cual se hubieran identificado, cualquier cosa que les hubiera dado un sentido de ser alguien, una identidad, desapareció.
Entonces, súbita e inexplicablemente, la angustia o el miedo profundo que las atenazó inicialmente dio paso a la sensación de una Presencia sagrada, una paz y serenidad interiores, una liberación total del miedo.
¿Qué es lo que somos cuando ya no tenemos nada con lo cual identificarnos?
Cuando las formas que nos rodean mueren o se aproxima la muerte, nuestro sentido del Ser, del Yo Soy, se libera de su confusión con la forma: el Espíritu vuela libre de su prisión material. Reconocemos que nuestra identidad esencial es informe, una omnipresencia, un Ser que está más allá y anterior a todas las formas y a todas las identificaciones. Reconocemos que nuestra verdadera identidad es la conciencia misma y no aquellas cosas con las cuales se había identificado la conciencia. Esa es la verdadera paz. La verdad última de lo que somos no está en decir yo soy esto o aquello, sino en decir Yo Soy.

No todas las personas que experimentan una gran pérdida tienen este despertar. Algunas crean inmediatamente una imagen mental fuerte o una forma de pensamiento en la cual se proyectan como víctimas, ya sea de las circunstancias, de otras personas, de la injusticia del destino, o de Dios. Esta forma de pensamiento, junto con las emociones que genera como la ira, el resentimiento, la autocompasión, etc., es objeto de una fuerte identificación y toma inmediatamente el lugar de las demás identificaciones destruidas a raíz de la pérdida. En otras palabras, el ego busca rápidamente otra forma, otra identificación. 
El hecho de que esta nueva forma o identificación sea profundamente infeliz no le preocupa demasiado al ego siempre y cuando le sirva de identidad. Este nuevo ego será más contraído, más rígido e impenetrable que el antiguo.
La reacción ante una pérdida trágica es siempre resistirse o aceptar. Algunas personas se vuelven amargadas y profundamente resentidas; otras se vuelven compasivas, sabias y amorosas. 
Toda acción emprendida desde el estado de resistencia interior (negatividad) generará más resistencia externa y el universo no brindará su apoyo; la vida no ayudará. El sol no puede penetrar cuando los postigos están cerrados.
Cuando aceptamos y nos entregamos, se abre una nueva dimensión de la consciencia. Si la acción es posible o necesaria, la acción estará en armonía con el todo y recibirá el apoyo de la inteligencia creadora; la conciencia incondicionada con la cual nos volvemos uno cuando estamos en un estado de apertura interior. Entonces, las circunstancias y las personas ayudan y colaboran. Si la acción no es posible, descansamos en la paz y la quietud interior.

La mayoría de las personas se identifican completamente con la voz de la mente; con ese torrente incesante de pensamientos involuntarios y compulsivos y las emociones que lo acompañan. Podríamos decir que están poseídas por la mente. Creen que son el pensador; eso es el ego. Hay una sensación de “yo” en cada pensamiento, en cada recuerdo, interpretación, opinión, punto de vista, reacción y emoción. Éste es el estado de inconsciencia. 
El contenido de la mente está condicionado por el pasado: la familia, la cultura, la sociedad, etc. La esencia de toda la actividad mental consta de ciertos pensamientos, emociones y patrones reactivos repetitivos y persistentes con los cuales nos identificamos más fuertemente. Un paquete de recuerdos que identificamos con "yo y mi historia", de papeles que representamos y de identificaciones como la nacionalidad, la raza, la clase social, la religión o la filiación política. El ego vive de la identificación y del sentido de separación. Este sentido de separación provoca que el ego luche permanentemente por sobrevivir, tratando de protegerse y engrandecerse. 
El ego ve a los demás como enemigos; ve el mundo como una amenaza. Y tiene por naturaleza el hábito compulsivo de hallar fallas en los demás y de quejarse de ellos. Quejarse es una de las estrategias predilectas del ego para fortalecerse. Es la necesidad del ego de tener la razón y triunfar sobre los demás para sentirse superior y fortalecido.
El resentimiento es la emoción que acompaña a las lamentaciones y refuerza todavía más el ego. El resentimiento equivale a sentir amargura, indignación, agravio u ofensa.
Resentimos la codicia de la gente, su deshonestidad, su falta de integridad, lo que hace, lo que hizo en el pasado, lo que dijo, lo que no hizo, lo que debió o no hacer. Al ego le encanta. En lugar de pasar por alto la inconsciencia de los demás, la incorporamos en su identidad. ¿Quién lo hace? Nuestra inconciencia, nuestro ego.
Algunas veces, la "falta" que percibimos en otra persona ni siquiera existe. Es una interpretación equivocada de nuestra mente condicionada para ver enemigos en los demás y sentirnos superiores.
No reaccionar al ego de los demás es una de las formas más eficaces de trascender el ego propio y también de disolver el ego colectivo de los seres humanos.
Solamente podemos estar en un estado donde no hay reacción si podemos reconocer que el comportamiento del otro viene del ego, que es una expresión de la disfunción colectiva de la humanidad.

Al ego le encanta quejarse y resentirse no solamente de las demás personas sino también de las situaciones. Siempre ve enemigos. 
Hay un "yo" al cual le encanta sentirse personalmente ofendido por las demás personas o situaciones y disfruta cuando encuentra la falta en el otro.
Trate de atrapar a la voz de su mente en el momento mismo en que se queja de algo, y reconózcala por lo que es: la voz del ego. Un patrón mental condicionado. 
Cada vez que tome nota de esa voz, también se dará cuenta de que usted no es la voz sino el ser que toma consciencia de ella. Usted es la consciencia que es consciente de la voz. Tan pronto como tome consciencia del ego que mora en usted, usted deja de identificarse y por tanto, deja de ser ego y es tan solo un viejo patrón mental condicionado. El ego es cuando usted se identifica con ese viejo patrón mental condicionado; al dejar de identificarse, el ego se desvanece. El viejo patrón mental puede sobrevivir y reaparecer durante un tiempo, porque trae el impulso de miles de años de inconsciencia colectiva, pero cada vez que se lo reconoce, se debilita.

El enojo y la ira son otras emociones más fuertes del ego. Son formas de estar en contra y en oposición a lo que es. Son formas de resistencia y falta de aceptación. Reaccionar contra una cosa u otra afirma y fortalece el sentido de yo.

Al ego le encanta tener la razón; no hay nada que fortalezca más al ego que tener la razón. Tener la razón es identificarse con una posición mental, un punto de vista, una opinión, un juicio o una historia. Y para tener la razón es necesario que alguien más esté en el error, de tal manera que al ego le encanta fabricar errores para tener razón.
Necesitamos que otros estén equivocados a fin de sentir fortalecido nuestro yo. 
Cuando tenemos la razón nos ubicamos en una posición de superioridad moral con respecto a la persona o la situación a la cual juzgamos. Esa sensación de superioridad es la que el ego ansía y la que le sirve para engrandecerse.

Es un hecho que la luz viaja más rápido que el sonido. La simple observación de que el rayo cae antes de oírse el trueno permite comprobar este hecho. 
Si simplemente afirmamos lo que conocemos como cierto, el ego no participa porque no hay identificación. ¿Identificación con qué? Con la mente y con una posición mental. Hay ego cuando hay un falso sentido de "yo" que cree que tiene razón cuando afirma que la luz viaja más rápido que el sonido. El hecho se ha personalizado; hay un “yo” que se lo toma de forma personal. 
La idea de que "yo tengo la razón y los demás están equivocados" es uno de los medios de los que se vale el ego para fortalecerse. Es una disfunción mental que perpetúa la separación y el conflicto entre los seres humanos.

Todo esto es una fuente de satisfacción enorme para el ego. Refuerza la sensación de separación entre nosotros y los demás, cuya "diferencia" se amplifica hasta tal punto que ya no es posible sentir la humanidad común ni la fuente común de la que emana la Vida que somos y que compartimos con todos los seres; nuestra divinidad común. La esencia que está más allá de la forma. 
Los patrones de ego de los demás contra los cuales reaccionamos con mayor intensidad y los cuales confundimos con su identidad, tienden a ser los mismos patrones nuestros pero que somos incapaces de detectar o ver en nosotros.
Todo aquello que resentimos y rechazamos en otra persona está también en nosotros. Pero no es más que una forma de ego y no tiene nada que ver con la otra persona ni tampoco con lo que somos. Lo que somos es más allá de un patrón mental condicionado; es la Vida misma manifestada en multiplicidad de formas para experimentar unas con otras. Cuando hay identificación, es decir, creencia de que somos la forma individual manifestada, es entonces cuando surge el ego.

Debemos reconocer al ego por lo que es: una disfunción colectiva, la demencia de la mente humana. Cuando logramos reconocerlo por lo que es, ya no lo vemos como la identidad de la otra persona. Una vez que reconocemos al ego por lo que es, es mucho más fácil no reaccionar contra él. Dejamos de tomar sus ataques como algo personal. Ya no nos quejamos, ni acusamos, ni buscamos la falta en los demás. Nadie está equivocado. Es sólo cuestión del ego que mora en los demás. 
Comenzamos a sentir compasión cuando reconocemos que todos sufrimos de la misma enfermedad de la mente, la cual es más grave en unas personas que en otras. Ya no avivamos el fuego del drama que caracteriza a todas las relaciones egotistas.
¿Cuál es el combustible? La reactividad. El ego se nutre de ella. Por tanto, no debemos reaccionar ante el ego de los demás, es preferible mantenerse en silencio.

Cuando el ego está en guerra, no es más que una ilusión que lucha por sobrevivir. 
Al principio no es fácil estar ahí como la Presencia que observa, especialmente cuando el ego está empeñado en sobrevivir o cuando se ha activado algún patrón emocional del pasado. Sin embargo, una vez que hemos experimentado el poder de la Presencia, éste aumentará y el ego perderá su control sobre nosotros. Es así como entra en nuestra vida un poder mucho más grande que el ego, más grande que la mente. Lo único que debemos hacer para liberarnos del ego es tomar consciencia de él, puesto que la consciencia y el ego son incompatibles.
La consciencia es el poder de la Presencia. La finalidad última de la existencia humana, es decir, nuestro propósito, es traer este poder de la Presencia al mundo.
Solamente la Presencia puede liberarnos del ego y solamente podemos estar presentes Ahora, no ayer ni mañana. 
Solamente la Presencia puede deshacer el pasado que llevamos sobre los hombros y transformar nuestro estado de consciencia.
La realización espiritual consiste en ver claramente que no somos lo que percibimos, lo que experimentamos, lo que pensamos o sentimos, y que no podemos encontrarnos en todas esas cosas que vienen y se van continuamente.
Cuando desaparecen las cosas que van y vienen, lo que queda es la luz de la consciencia; el verdadero Ser.
Lo único que finalmente importa es: ¿Puedo sentir mi Ser esencial, el Yo Soy, como telón de fondo en todo momento de mi vida? ¿Puedo sentir el Yo Soy que Soy que está más allá de toda manifestación en este mismo instante?

La fuerza que motiva el comportamiento del ego, cualquiera que éste sea, siempre es la misma: la necesidad de sobresalir, de ser especial, de tener el control; la necesidad de tener poder, de recibir atención, de poseer más. Y, por supuesto, la necesidad de sentir la separación, es decir, la necesidad de la oposición, de tener enemigos.
El ego siempre desea algo de los demás o de las situaciones. Siempre tiene el sentido de no tener suficiente, de una carencia que necesita satisfacerse. Utiliza a las personas y a las situaciones para obtener lo que desea y cuando lo logra, ni siquiera siente satisfacción duradera. Nunca está satisfecho.

La emoción subyacente que gobierna toda la actividad del ego es el miedo. El miedo de ser nadie, el miedo de no existir, el miedo de la muerte. Todas sus actividades están encaminadas a eliminar este miedo, pero lo máximo que el ego puede lograr es ocultarlo temporalmente detrás de una relación íntima, de un nuevo bien material o un premio. Pero la ilusión nunca nos podrá satisfacer; lo único que nos podrá liberar es reconocer la verdad de lo que somos.
¿Por qué el miedo? 
Porque el ego surge a través de la identificación con la forma y en el fondo sabe que ninguna forma es permanente, que todas las formas son efímeras. Por consiguiente, siempre hay una sensación de inseguridad alrededor del ego, aunque en la superficie éste parezca seguro de sí mismo.
Una vez que reconocemos y aceptamos que todas las estructuras (las formas) son inestables, emerge la paz en nuestro interior.
Tan pronto como tomamos consciencia de nuestro ego, esta consciencia es lo que somos más allá del ego; el "Yo Soy". Cuando reconocemos el falso “yo”, comienza a aflorar el verdadero “Yo soy”.



Eckhart Tolle 
“Una Nueva Tierra” 

31 marzo 2018

HAY UNA VENDA



Hay una venda...
una venda que ciega los ojos...
esta venda es la energía de la ignorancia...
y esta venda surge de la misma Conciencia.

Hay una energía que nos mantiene sumidos en la creencia de que somos alguien... 
que somos una persona y que podemos elegir lo que queremos vivir...
y esta energía proviene de la misma Conciencia.

La Conciencia Una está jugando al juego de ser alguien...
y para ello crea una regla fundamental; olvidarse de Sí misma y sumergirse totalmente en la experiencia… 
identificándose con lo manifestado y perdiéndose en la ilusión de su sueño soñado.

Esta identificación con el mundo manifestado crea un velo que ciega los ojos...
es como capas y más capas de finas telas, todas enrolladas en sí mismas…
impidiendo así tener la clara visión de la realidad.

Es la misma Conciencia jugando y experimentando en su mundo imaginario, creyendo que todo es real… 
olvidándose a Sí misma por estar interpretando una obra teatral…
y generando la energía de la ignorancia, pues forma parte de su regla fundamental.

Drama y sufrimiento, alegría y tristeza, enojo y melancolía, deseo y esperanza, ira y calamidad, miedo y soledad...
son todas verdaderas y surgen de la mente al identificarse con el mundo. 

Pero en este juego misterioso, parece haber dos entidades; 
una es el Uno Supremo y Absoluto, y otro es el "yo" jugador.
El Absoluto Supremo es el Ser Absoluto a partir del cual surge toda la manifestación.
El "yo" jugador es el personaje que está metido dentro del juego y que sufre por cada experiencia.

Una de estas dos entidades es real, la otra es ficticia…
El Absoluto Supremo es la Realidad, la Verdad última… 
pues es Eso que siempre está Presente, que no cambia, no tiene nombre ni forma... 
Es Eso que está más allá del tiempo y del movimiento... 
es Eso que sostiene absolutamente toda la manifestación.

En cambio, el "yo" jugador-hacedor, es la energía de la ignorancia... 
es tan solo una creencia de que este mundo es real... 
Es la venda que ciega los ojos e impide ver la Realidad. 
Este "yo" jugador-hacedor es la mente que sale hacia fuera para identificarse con las formas manifestadas, danzar en cada una de ellas, y sufrir las consecuencias de su ceguera.

Y de repente, llega un día, en pleno Silencio, la venda es totalmente retirada de los ojos... 
y justo en ese momento, wow!! Todo desaparece... 
nada queda, solo vacío, ausencia de contenido... 
no hay movimiento, no hay formas ni hay mundo... 
no hay ningún jugador-hacedor… 
todo el juego se esfuma por completo, dejando tras de sí un vacío eterno e infinito...

Pero Algo ahí es consciente de ese vacío... 
la Presencia Una... la Totalidad misma que es Todo y a la vez, Nada...
Algo totalmente elevado es visto y revelado… 
pues la venda ha caído y los ojos la Realidad han visto.

Un reconocimiento hay ahí y una comprensión profunda de la Verdad y de este mundo.
Pero en pocos instantes vuelve a aparecer la venda que ciega el ver... 
resurge la energía de la ignorancia, de la identificación con lo manifestado... 
resurge el "yo" jugador-hacedor... 
Es la mente y el movimiento, buscando experiencias y contenido.
Presta atención y observa detenidamente cuando la mente sale al exterior para experimentar en el mundo... 
No te dejes llevar y volver a cegar por la energía de la ignorancia... 
Ahora ya sabes qué es lo que Eres... 
pero esta venda que ciega es tan poderosa que puede volver a hacer que te distraigas de nuevo y te pierdas en el imaginario mundo; en este sueño.




Camino al Despertar

01 marzo 2018

DOS MONJES Y UNA MUJER



Dos monjes, un anciano y el otro más joven regresaban al templo caminando junto al río. De pronto observaron en la orilla a una mujer joven y hermosa que lloraba desconsoladamente. 

"¿Qué te sucede?" - le preguntaron.
La mujer respondió: "Mi madre que vive al otro lado del río está muriendo y no podré estar con ella porque me resulta imposible cruzarlo sola".
El monje joven se lamentó: "Nuestros votos nos prohíben tener contacto con personas de otro sexo de modo que no podremos ayudarte, lo siento".
- "Yo también lo siento pero sigan tranquilos su camino"- dijo la mujer y prorrumpió nuevamente en un angustioso llanto.

El anciano permaneció callado unos instantes, luego le dijo: "Ven mujer, súbete a mis espaldas, te cruzaré hasta la otra orilla".

Así que el monje la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla. El otro monje estaba furioso. No dijo nada pero hervía por dentro. Eso estaba prohibido. Un monje budista no debía tocar una mujer y este monje no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.

Recorrieron varias leguas. Cuando llegaron al monasterio, mientras entraban, el monje que estaba enojado se volvió hacia el otro y le dijo:

-Tendré que decírselo al maestro. Tendré que informar acerca de esto. Está prohibido.

-¿De que estás hablando? ¿Qué está prohibido? -le dijo el otro.

-¿Te has olvidado? Llevaste a esta hermosa mujer sobre tus hombros -dijo el que estaba enojado.

El otro monje se rió y luego dijo:

-Sí, yo la llevé. Pero la dejé en el río, muchas leguas atrás. Tú todavía la estás cargando.

Esta enseñanza nos muestra que no debemos cargar con el peso del pasado. Debemos permanecer en el aquí y ahora, en el momento presente. Cuando permanecemos en el presente, lo que hay es paz.



Sabiduría Zen 

20 febrero 2018

EL SIGNIFICADO DEL MALA BUDISTA



El mala es un collar de 108 bolas. Es usado en la tradición budista, principalmente en las escuelas tibetanas, para la recitación de mantras.
Se compone de 108 cuentas de diferentes materiales que unidas forman una especie de “collar” que se coloca ya sea en el cuello o en el brazo izquierdo. 
Presenta tres divisiones marcadas en las cuentas 27, 54 y 81 dividiéndolo en tres partes exactas. Tiene una cuenta más grande o Gurú que es en donde inicia y termina el mala. Al final de esta mala pueden tener una serie de filamentos o dos cuentas, una redonda y una cilíndrica (como en el caso de los malas tibetanos) que representan la sabiduría de todos los Budas y la inherencia de todo fenómeno respectivamente.

En el Budismo, el número 108 tiene también varias representaciones. Según el budismo existen 108 tipos de oscurecimientos mentales que impiden ver claramente o con la vista de un Buda, despierto o iluminado. 
Estas 108 kleshas (oscurecimientos o venenos) provienen a partir de la siguiente formula: Las tres formas de experiencia (positiva, negativa o neutra) multiplicada por los 6 sentidos (vista, oído, tacto, gusto, olfato y conciencia o mente) nos da un total de 18. 
Luego estos 18 por las dos formas de experimentar toda experiencia ya sea como apego o aversión nos da 36. 
Y estas 36 multiplicadas por las tres formas de tiempo (presente, pasado y futuro) termina por dar el número de 108. 
Cuando el ser es capaz de superar estas 108 kleshas, entonces, alcanzará el nirvana o la iluminación.

Está dividido en tres partes porque al igual que el número 108, el número 3 representa:
1. Los tres tiempos (pasado, presente y futuro).
2. El cuerpo, palabra y mente (importantes a purificar).
3. Los tres venenos (odio, avidez e ignorancia) o las Tres Joyas (el Buda, el Dharma y la Sangha).

El mala debe girarse en dirección a las agujas del reloj, con los dedos pulgar (que representa la divinidad o el estado del Buda) y el dedo índice (que representa el ser individual).
Todo esto representa la unión de lo divino con lo individual, o la búsqueda de la budeidad. 
Al llegar a la cuenta final y para continuar el conteo de mantras, se debe girar el mala de forma que no se pase sobre la cuenta Gurú, y se reinicia de nuevo el conteo. 
Algunos malas poseen contadores extras entre las cuentas 8 y 9 con aros que sirven para realizar conteos de décimas y centésimas en la recitación de mantras.



Los materiales tradicionales de los que se ha hecho el mala son la madera (del árbol Bodhi o donde alcanzó la iluminación el Buda histórico), de sándalo e incluso de hueso animal o humano (son usados solo por personas espiritualmente elevadas por su carga kármica). 
Ni los animales ni los humanos son asesinados con fines de realizar el mala.

El mala es todo menos un artículo de joyería, de lo contrario solo pasaría a incrementar nuestro ego.

Budismo

11 febrero 2018

LA PRÁCTICA DE LA MEDITACIÓN VIPASSANA



La meditación vipassana es una de las más antiguas de la India. Se practica desde hace más de 2.500 años y es la meditación a través de la cual Buda se iluminó.
Hay cientos de métodos de meditación pero quizás la vipassana tiene un status único.
Del mismo modo que ha habido miles de místicos, Siddharta Gautama el Buda es una singularidad en sí mismo. 
La palabra vipassana significa “ver las cosas tal como son”. El significado en pali es “mirar”, “observar”, “ver”. En otras palabras, “ser testigo u observador”. Por lo tanto, la práctica vipassana se basa en “observar”.

Siddharta Gautama el Buda escogió una meditación que puede ser llamada la meditación esencial, la práctica esencial. Todas las demás técnicas de meditación son diferentes formas de observación. El “observar" es fundamental en la meditación, no puede ser omitido, está presente en toda clase de meditación como una parte esencial; si no hay observación, no hay meditación.
Buda ha suprimido todo lo demás y se ha quedado sólo con la parte esencial: "el observar".

La meditación vipassana es la práctica de observar tu respiración; simplemente, observar la acción de inspirar y espirar. Ponemos nuestra atención en el aire que entra y en el aire que sale de nuestro cuerpo.
Es tan simple como observar cuatro pasos:
El primer paso es el aire que entra. Observamos la inspiración.
El segundo paso es, una vez que el aire ha entrado, hay una pausa; la acción de respirar se detiene un momento. Son tan solo unos segundos.
A continuación, el tercer paso, es el aire que sale. Observamos como espiramos.
Y finalmente, el cuarto paso es la pausa que hay una vez que el aire ha salido del todo. También son tan solo unos segundos.

Si puedes observar estos cuatro pasos, te darás cuenta de que la mente no interviene. No hay pensamientos. Esta práctica de observar la respiración, te ancla en el momento presente, y en el presente no hay mente; ésta se detiene, desaparece.
Es justo en este punto en el que puedes sentir tu verdadera esencia. Este espacio en el que no hay mente, es consciencia, es el ser, y es tu verdadera naturaleza.
Por tanto, “tú eres el espacio que hay entre dos pensamientos; esa brecha que está en medio y que solo puedes percibir cuando estás en silencio.” (Eckhart tolle). Cuando estás alerta. Eres ese vacío de contenido, ese silencio en el que no hay ningún objeto ni concepto.

En la meditación vipassana el ritmo de la respiración es natural. No tienes que hacer inhalaciones largas y profundas; no tienes que exhalar de manera diferente de la normal. Toda tu atención debe estar enfocada en un punto, observando, estando alerta.
Observar no es una cualidad de la mente, sino de la consciencia, por lo que tu consciencia debe estar enfocada solo en un único punto.
Al principio te distraerás muchas veces, aparecerá la mente con sus imágenes y pensamientos y te perderás en ella. Cuando te des cuenta de que te has distraído, no te sientas culpable, simplemente vuelve a observar la respiración. Vuelve a enfocar tu atención en el momento presente.
Allá donde ponemos la atención, eso se intensifica, crece, se incrementa y es lo que acaba siendo parte de nuestra vida. En cambio, aquello donde dejamos de poner la atención, acaba desapareciendo. Por tanto, mientras practiques la observación, con la atención enfocada en el aquí y ahora, por ejemplo en la respiración, poco a poco, la mente interferirá cada vez menos. Cada vez aparecerán menos pensamientos, y llegará un momento en el que notarás que la mente ha desaparecido por completo, se ha calmado. Justo en ese momento sientes que eres solo presencia, presencia sin contenido; no hay nadie ahí, absolutamente nada, ni objetos ni contenido, todo está vacío, pero eres consciente de ese vacío y ausencia de movimiento y contenido. Todo lo que hay ahora es únicamente “estar siendo”. Solo ser. Descansar en lo que realmente Soy.

La meditación vipassana no se limita únicamente a sentarse a meditar y observar la respiración, también se puede realizar durante nuestras actividades diarias.
Si puedes observar tu respiración, también puedes empezar a observar otras cosas: cuando camines, observa que estás caminando; cuando comas tu comida, observa que estás comiendo; observa cómo masticas los alimentos, observa su sabor y observa cuando los ingieres. Cuando te estés duchando, observa como el agua va cayendo sobre ti; observa la agradable sensación. Cada cosa que estés haciendo, obsérvala, permanece atento a todo lo que está sucediendo en este momento, en el aquí y ahora. De esta manera, estarás meditando en cada una de tus actividades cotidianas.

LOS TRES PASOS DE LA MEDITACIÓN VIPASSANA SON:
Hay tres pasos en la observación:

1. El primer paso en la meditación vipassana es observar los actos del cuerpo.
Se empieza por lo más simple; el cuerpo es lo más fácil de observar.
Es fácil observar como mi mano se mueve. Puedo observarme a mí mismo caminando por la calle, puedo observar cada paso mientras camino. Puedo observar cuando estoy comiendo; observo cada bocado y observo el sabor y qué sensación hay en mi cuerpo al ingerir cada alimento. Cada acto del cuerpo lo observo con determinación.
Mientras observas tu cuerpo, estando bien atento y alerta, te asombrarás con nuevas experiencias. A medida que vas observando en silencio todos los actos de tu cuerpo, permaneciendo en el momento presente, sentirás una cierta paz y un cierto silencio. Sentirás cierta gracia y gozo.

Buda acostumbraba a pasear tan despacio que muchas veces le preguntaban porqué andaba tan lentamente. Él decía, «Es parte de mi meditación. Siempre caminar como si estuvieras adentrándote en un río de agua fría en invierno; despacio, alerta, porque el agua del río está muy fría; alerta porque la corriente es muy fuerte; observando cada uno de los pasos porque puedes resbalar con las piedras del río».
El método es siempre el mismo, sólo cambia el objeto de observación con cada paso.

2. El segundo paso es observar la mente.
Ahora puedes moverte en un estado más sutil: observar tus pensamientos.
Si has sido capaz y has logrado observar el cuerpo, no va a haber ninguna dificultad.
Los pensamientos son ondas sutiles, son como las ondas de radio, hay movimiento, ir y venir, pero a pesar de ser tan sutiles, son tan materiales como tu cuerpo. No son visibles, como tampoco el aire es visible, pero el aire es tan material como las piedras. Así también son tus pensamientos, materiales pero invisibles.

Éste es el segundo paso, el paso medio. Te estás moviendo hacia la invisibilidad, pero todavía es material.
Observa tus pensamientos, pero debes observarlos sin juzgar. En el momento en que empieces a hacer juicios, dejarás de observar, empezarás a pensar y te involucrarás en tus pensamientos. Te identificarás con la historia que hay en tu mente y te olvidarás de observar. Habrá un completo apego e identificación con esos pensamientos y ahí volverás a caer en el estado inconsciente, en maya.
Simplemente observa tus pensamientos como si fueran nubes pasando por el cielo. Ellos vienen y se van. Tú, la conciencia que observa, siempre estás aquí, nunca vas y nunca vienes. Observa sin juzgar; las nubes no son ni blancas ni negras, ni buenas ni malas, simplemente son nubes. Lo mismo ocurre con los pensamientos.

No hay antagonismo en contra de hacer juicios. La razón por la que no hay que juzgar es porque en el momento en que empiezas a juzgar, dejas de observar, empiezas a pensar y te involucras en tus pensamientos.
No te conviertas en un participante, ya sea para adular o para valorar o para condenar. No participes en la historia de tu mente. No debes de adoptar ninguna actitud respecto a lo que está pasando en tu mente. Simplemente observar los pensamientos como vienen y van, sin involucrarte en ellos, sin hacerlos personales, no busques un sentido de ti mismo, una identidad, en función de esos pensamientos. Solo son pensamientos.
“Un pensamiento sin creencia no tiene poder, pero un pensamiento con creencia puede empezar una guerra” (Mooji).

Cuando observas sin enjuiciar, te encuentras con una gran sorpresa: poco a poco, a medida que tu observación se va asentando, vienen menos pensamientos. Cuanto más permanezcas como el observador, menos pensamientos habrá. Y llegará un momento en el que ya no habrá más pensamientos; la mente habrá desaparecido. Ya no habrá movimiento ni contenido, tan solo quedará el silencio, el vacío. Entonces se refleja la realidad tal y como es. Sin interpretaciones mentales condicionadas por tus samskaras (impresiones pasadas y huellas en el subconsciente). Te conviertes en un espejo porque reflejas la realidad tal y como es. Y un espejo nunca juzga, tan solo refleja aquello que es.

Éste es uno de los grandes logros de la meditación. Has recorrido la mitad del camino y ésa es la parte más difícil. Ahora sabes el secreto y el mismo secreto debe ser aplicado a diferentes objetos.
De los pensamientos debes moverte a experiencias más sutiles: las emociones, los sentimientos, estados de ánimo, etc.

3. El tercer paso es observar el corazón.
Ahora puedes hacer lo mismo con tus emociones; sentimientos, estados de ánimo, etc. Pasamos de observar los pensamientos a observar el corazón, sin juzgar, sólo observando.
Te darás cuenta de que la mayoría de las emociones te poseen; estás totalmente involucrado en ellas, completamente identificado, poseído por tus emociones. Tú y tus emociones parecéis ser lo mismo. Has creado una historia personal al identificarte con tus pensamientos y surgen las emociones como respuesta que hace el cuerpo en función de esos apegos.
Por tanto, observa esas emociones. Cuando las observes, poco a poco éstas dejarán de poseerte. Pues a medida que las vamos observando sin identificarnos con ellas, sin estar agarrados a ellas, se va haciendo un espacio entre lo que realmente soy, presencia consciente, y las emociones. Este espacio se va haciendo más grande a medida que nos vamos desidentificando de las emociones. Ahora puedes ver claramente que Tú estás aquí y las emociones están allá. Hay un espacio entre tú y ese movimiento. Tú no eres esas emociones, eres la conciencia que las observa.

Observando el corazón, la experiencia es que ahora nada te posee. Observas la ira como viene y se va, pero tú no estás rabioso. La tristeza viene y se va, pero tú no te pones triste. La alegría viene y se va, pero tú no te vuelves alegre. Todo aquello que se mueve en las profundas capas de tu corazón, no te afecta a ti para nada. Tan solo permaneces como el observador. Tus emociones ya no te afectarán en absoluto, ya no serás un esclavo de tus emociones, pues estarás totalmente establecido en tu verdadera esencia, presencia consciente que observa todo el movimiento sin agarrarse a él. Entonces serás el amo y señor. Podrás controlar tus emociones.
Por primera vez empiezas a probar algo de lo que es ser un maestro. Ya no eres más un esclavo al cual se puede empujar y tirar de aquí y de allá, al que cualquier emoción y cualquier sentimiento, al que cualquiera puede molestar por cualquier trivialidad. Ahora ya nada se apodera de ti, nada te molesta. Tú eres la Presencia consciente que no puede ser afectada por absolutamente nada. Eres como el espacio que no es afectado por el humo. Eres como la pantalla de cine que no es afectada por la película. Estás más allá de toda manifestación, de todo pensamiento, de toda emoción, y puedes ver claramente que nada puede afectar lo que realmente eres. Únicamente cuando hay identificación con los pensamientos, con el cuerpo y con el mundo, es cuando hay afectación.

Cuando te conviertes en un observador del tercer paso, te conviertes por primera vez en un Maestro. Nada te molesta, nada se apodera de ti. Todo queda lejos, pues tú estás más allá de todo. Estás liberado.

Éstos son los tres pasos de la meditación vipassana, los cuales te llevan a la puerta del templo, que está abierta.
Cuando te has convertido en un perfecto observador de tu cuerpo, de tu mente y de tu corazón, entonces, ya no puedes hacer nada más; entonces debes descansar en “estar siendo” y el cuarto paso sucederá.
Cuando la perfección es completa en estos tres pasos, el cuarto paso sucede por sí solo como recompensa. Es un salto cuántico del corazón al Ser, al centro mismo de tu existencia. Tú no puedes hacerlo, simplemente sucede. No intentes darlo, porque si intentas dar este paso, ten por seguro que fracasarás. Es un suceso.
Tú preparas los tres pasos, el cuarto paso es una recompensa de la existencia misma; es un salto cuántico. De repente, tu energía vital, tu individualidad se expande y se fusiona con la Totalidad. Esto es Samadhi.
Éste es el cuarto paso y sucede por sí solo. Has llegado al final de la búsqueda y has encontrado la verdad misma de la existencia. Has llegado a casa. Ahora eres libre.
“La separación es una energía contraída. Y la liberación es simplemente el derretimiento y retorno de esa energía en el Todo” (Tony Parsons).

Cuando llegas al último punto de tu Ser, tienes la experiencia de la auto-realización. Es el reconocimiento y revelación de lo que Eres Verdaderamente. Has experimentado la Gran Verdad. Y este tesoro está escondido en tu interior.
Puedes llamarlo Autorrealización, puedes llamarlo Iluminación, puedes llamarlo Liberación, pero no hay nada más allá de esto. Has llegado al final de la búsqueda, y has encontrado la verdad misma de la Existencia y el gran éxtasis y gozo que trae alrededor de sí.

A medida que vas más hacia adentro, te encuentras con espacios más y más hermosos, puntos más y más luminosos. Son silencios más y más profundos que no son solamente la ausencia de ruido, sino la presencia de una canción sin sonido. Es la Vida misma en estado Puro.

No es trabajo, es descansar en el no-hacer. Sientes una tremenda gratitud hacia toda la existencia. Esa gratitud es la única y auténtica oración. Esta gratitud emerge de tu interior, de tu corazón, como una fragancia saliendo de las rosas.



S.N. Goenka, Osho, Camino al Despertar.

28 enero 2018

LOS TRES ESTADOS



La Conciencia Pura experimenta en los tres estados : estado de vigilia, estado de sueño con sueños y estado de sueño profundo.

1. El estado de vigilia es la experiencia con el cuerpo. En este estado hay mucha identificación con el cuerpo-mente y por tanto, con el mundo. Es este estado el "yo" es muy intenso debido a las formas separadas manifestadas. Hay una multiplicidad de formas que están separadas unas de otras, pero son solo apariencias mentales, proyecciones de la mente.
Este estado es cambiante; el cuerpo nace y muere, los pensamientos son cambiantes, pues van y vienen, hay movimiento, las emociones también son cambiantes. Todo lo que es cambiante tiene un principio y un final, es impermanente, por tanto, está sujeto a la muerte. No es real.

2. El estado de sueño con sueños es la experiencia sin el cuerpo. En este estado la identificación es más sutil. También hay identificación con un cuerpo y una historia. Pero tanto el cuerpo como la historia es totalmente distinta al cuerpo del estado de vigilia y también la historia y situación de vida es diferente.
¿Dónde están todas mis posesiones, mi familia, mi trabajo, mi casa, mi cuerpo físico, etc.?
Es aquí cuando hay una clara visión de que el estado de vigilia no es real, ya que en el estado de sueño con sueños se experimentan diversas historias constantemente.
Este estado también es cambiante, los sueños son distintos y cambiantes, hay un principio y un final, un movimiento, una impermanencia, por tanto, tampoco es real.

3. El estado de sueño profundo
es la "no-experiencia". No hay experiencia, no hay cuerpo ni mente, no hay historia ni hay yo.
En este estado el yo vuelve a la fuente y por tanto, hay un profundo descanso. Al no haber identificación, hay un gran descanso.
Este estado también es cambiante, impermanente, por tanto, tampoco es real. No hay cuerpo, ni mente, ni experiencia, ni yo. Al no haber yo, no hay mundo manifestado. Entonces ¿qué es lo que queda? Nada, absolutamente nada.
Y ¿qué es consciente de esta nada?
Esto que es consciente de esta nada es lo que realmente eres; Conciencia pura y absoluta.
Esta conciencia que siempre es consciente de toda experiencia y no-experiencia. Esta conciencia que es permanente, que no cambia, que es siempre la misma. Esta conciencia que nunca está afectada por la experiencia, pues está más allá de toda experiencia. Es esta conciencia que no tiene nombre ni forma, que ni es alterada y que no puede ser descrita ni comprendida por la mente. Es simplemente esta Conciencia Pura Absoluta que está más allá del tiempo y el espacio y de toda manifestación. Esto que siempre Es, es la Realidad, y es tu verdadera esencia.

Camino al Despertar 

25 enero 2018

VIVEKA - EL DISCERNIMIENTO



Viveka, discernir, es ver qué es real y qué es no real.
Sat es aquello que existe siempre más allá del cambio.
Todo lo que tiene nombre y forma está sometido a Vikara. Tiene un principio y tiene un fin. Asat es esto; todas las formas manifestadas que tienen un principio y un fin, que están sometidas al cambio.
Debo intentar discernir qué es lo real en mí. Discernir es ver qué es real y qué no es real.
El cuerpo tiene un principio y un fin, por tanto, es Asat.
El prana (energía vital) es totalmente cambiante, por tanto, es Asat.
La mente es cambiante, condicionamiento, por tanto, es Asat.
Las emociones, al igual que la mente, son cambiantes, por tanto, son Asat.
El intelecto es aquella parte de la mente con la cual asocio ciertas cosas. El intelecto tiene certeza y se asocia con ciertas nociones. Pero también son cambiantes. El intelecto depende de muchas cosas que cambian, por tanto, es Asat.

El estado de vigilia; estamos despiertos, no estamos durmiendo (descansando). En este estado todo está en el cambio, en el tiempo, en causa y efecto. Esto es el estado de vigilia, que lo experimentamos con el cuerpo físico. Este estado de vigilia también es cambiante, por tanto, es Asat.
El estado de sueño con sueños es un poco más sutil que la vigilia, también es cambiante, por tanto, es Asat.
El estado de sueño profundo es no experiencia, no hay experiencia. En este estado descansamos tanto porque no hay experiencia, porque el Yo vuelve a su estado sutil, a su estado no-manifestado. Cuando el Yo descansa en su estado no-manifestado, el mundo desaparece. A medida que el Yo se desvanece, también se desvanece el mundo, el cual es una proyección del Yo. Entonces descansamos. En este estado está la causa de toda ilusión. Este estado tampoco es permanente, es cambiante, por tanto, es Asat.

Lo real no está ni en la apariencia, ni en el cuerpo, ni en el prana, ni en la mente, ni en las emociones, ni en el intelecto, ni en el estado de vigilia, ni el de sueño con sueños, ni en el sueño profundo. ¿Dónde está lo real?
Si eliminamos todo esto, ¿qué queda? No queda nada.
Esta conciencia que es consciente de que no queda nada esto es lo real.

Esta conciencia observa todo el Lila, todo el drama, todo el baile del estado de vigilia, del estado de sueño y también observa esta ausencia de baile en el sueño profundo donde no ocurre nada. Pero hay una conciencia que es consciente de que no ocurre nada. 
Esta conciencia está detrás de toda experiencia que tienes. Es la conciencia que hace que todo ocurra sin estar nunca afectada por nada. Sin estar en el tiempo, sin estar en la causalidad, sin depender de nada, porque es auto-luminosa, auto-creada, es absolutamente libre. Esta conciencia es la realidad, es lo que Eres.

Esta conciencia es lo que soy, pero mi mente aún se identifica con un cuerpo y con una mente y sufre o disfruta en acordancia. Mi mente se identifica con este mundo que parece tan real y que le dedico tanta energía y pensando que es el principio y el fin de todo. Viveka es cultivar esta conciencia que eres, esta conciencia real, pura y libre. Recordarlo una y otra vez ante las mil situaciones y retos que la vida nos va poniendo delante. 

¿Quién soy? ¿Soy este cuerpo que sufre? ¿O soy esta conciencia que observa libre y dichosa viendo como el cuerpo sufre?

Cuando la Kundalini despierta, surge el discernimiento. El discernimiento es conocimiento, que es luz, y es lo único opuesto a la oscuridad.
Este destello de discernimiento es lo que me hace reconocer lo que soy realmente.
Toda la sadhana (práctica espiritual) trata de esto.
Mantenerse en Viveka es delicado, es poderoso, es mantenerse en el conocimiento, y cuando me mantengo en el conocimiento de lo que soy, solo luego surge el desapego.
Mientras no reconozco lo que soy, busco la felicidad fuera. Si no la encuentro en mi, ¿dónde la voy a buscar? En todo tipo de sensaciones, relaciones, etc. Pero si emerge Viveka (el discernimiento), entonces me reconozco como lo que realmente soy.
Es en la medida en que voy reconociendo que soy una conciencia pura que no le falta nada, sino soy un esclavo de las experiencias externas. Si alguien no me quiere, sufro. Cuanto dolor emocional, cuanto sufrimiento por no obtener aquello que yo deseaba, porque he perdido el discernimiento de saber quién soy. 

En la medida en que tengo Viveka, tengo Vairagya (desapego), y por tanto, tengo menos deseos y menos sufrimiento.
En la medida en que tengo Viveka, que reconozco lo que soy, que soy dicha absoluta, soy más y más feliz sin razón.

En la medida en que este estado que viene de este discernimiento se va haciendo sólido, ¿qué ocurre de forma natural?
Viene la práctica de Satsampatti, los Seis Tesoros de la Virtud o Atributos de la mente, que son:

1. Sama: La mente se calma. Se aquieta porque ya no busca. Porque ya ha encontrado todo. La mente busca felicidad, si la encuentra en el interior (corazón), entonces deja de buscarla fuera.
2. Dama: quietud de los sentidos. Dominio de sí mismo. Cuando mi mente está inquieta, los sentidos buscan algo para entretenerse, para darme alguna felicidad. Cuando la mente está calma, los sentidos se calman también.
3. Uparati: El recogimiento interior. Cuando la mente y los sentidos están calmados, puedo mantenerme en contemplación de forma firme.
4. Titiksá: La paciencia. Tengo más fortaleza porque no estoy tan apegado al cuerpo ni a la mente.
5. Sraddha: La fé. Es confianza en la enseñanza del maestro, porque lo empiezo a experimentar, a vivir. Lo que mi gurú me decía ya se está vivenciando en mí. Ésta viene de forma natural cuando hay menos apego. 
6. Samadhana: La estabilidad de la mente. Esto que reconozco en mí, lo empiezo a reconocer en todos los seres. Visión de igualdad. La esencia de todo lo demás es igual que mi propia esencia.

Cuando este Viveka se establece, la mente se calma, los sentidos se calman, puedo mantenerme en contemplación, tengo más fortaleza porque hay más desapego del cuerpo y la mente, tengo más fe y confianza y empiezo a ver la igualdad en todo; lo que veo en mí también lo veo en todo lo demás. 

Y de forma natural viene otra joya, “Ahimsa”. No quiero dañarme a mi mismo, no quiero dañar a nadie, a ningún ser. 
Y vendría otra guirnalda de grandes logros.

Swami Satyananda Saraswati