03 mayo 2019

LA SABIDURÍA DEL SILENCIO INTERNO


Habla simplemente cuando sea necesario. 
Piensa lo que vas a decir antes de abrir la boca. 
Sé breve y preciso, ya que cada vez que dejas salir una palabra por la boca, dejas salir al mismo tiempo una parte de tu chi. 
De esta manera aprenderás a desarrollar el arte de hablar sin perder energía. 

Nunca hagas promesas que no puedas cumplir. 
No te quejes y no utilices en tu vocabulario palabras que proyecten imágenes negativas,
porque se producirá alrededor de ti todo lo que has fabricado con tus palabras cargadas de chi.

Si no tienes nada bueno, verdadero y útil, es mejor quedarse callado y no decir nada. 
Aprende a ser como un espejo, escucha y refleja la energía. 
El universo mismo es el mejor ejemplo de un espejo que la naturaleza nos ha dado,
porque el universo acepta sin condiciones nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras palabras, nuestras acciones y nos envía el reflejo de nuestra propia energía bajo la forma de las diferentes circunstancias que se presentan en nuestra vida.

Si te identificas con el éxito, tendrás éxito. Si te identificas con el fracaso, tendrás fracasos. 
Así podemos observar que las circunstancias que vivimos son simplemente manifestaciones externas del contenido de nuestra habladuría interna. 
Aprende a ser como el universo, escuchando y reflejando la energía sin emociones densas y sin prejuicios. 
Siendo como un espejo sin emociones aprendemos a hablar de otra manera. 

Con el mental tranquilo y en silencio, sin darle oportunidad de imponerse con sus opiniones personales y evitando que tenga reacciones emocionales excesivas, 
simplemente permite que una comunicación sincera y fluida exista. 
No te des mucha importancia, sé humilde… 
pues cuanto más te muestras superior, inteligente y prepotente, más te vuelves prisionero de tu propia imagen y vives en un mundo de tensión e ilusiones.

Sé discreto, preserva tu vida íntima, de esta manera te liberas de la opinión de los otros 
y llevarás una vida tranquila volviéndote invisible, misterioso, indefinible e insondable como el Tao. 
No compitas con los demás, vuélvete como la tierra que nos nutre, que nos da lo que necesitamos. 
Ayuda a los otros a percibir sus cualidades, sus virtudes y a brillar. 
El espíritu competitivo hace que crezca el ego y crea conflictos inevitablemente. 
Ten confianza en ti mismo, preserva tu paz interna evitando entrar en la provocación y en las trampas de los otros.

No te comprometas fácilmente. 
Si actúas de manera precipitada sin tomar consciencia profundamente de la situación, te vas a crear complicaciones. 
La gente no tiene confianza en aquellos que dicen sí muy fácilmente, porque saben que ese famoso sí no es sólido y le falta valor. 

Toma un momento de silencio interno para considerar todo lo que se presenta y toma tu decisión después. 
Así desarrollarás la confianza en ti mismo y la sabiduría. 
Si realmente hay algo que no sabes o no tienes la respuesta a la pregunta que te han hecho, acéptalo. 
El hecho de no saber es muy incómodo para el ego, porque le gusta saber todo; siempre tener razón y siempre dar su opinión muy personal. 
En realidad, el ego no sabe nada, simplemente hace ver que sabe.

Evita el hecho de juzgar y de criticar.
El Tao es imparcial y sin juicios, no critica a la gente, tiene una compasión infinita y no conoce la dualidad. 
Cada vez que juzgas a alguien lo único que haces es expresar tu opinión muy personal, y es una pérdida de energía, es puro ruido. 
Juzgar es una manera de esconder tus propias debilidades. 
El sabio tolera todo y no dirá ni una palabra. 

Recuerda que todo lo que te molesta de los otros es una proyección de todo lo que todavía no has resulto de ti mismo. 
Deja que cada quien resuelva sus propios problemas y concentra tu energía en tu propia vida. 
Ocúpate de ti mismo, no te defiendas. 
Cuando tratas de defenderte, en realidad, estás dándole demasiada importancia a las palabras de los otros y le das más fuerza a su agresión. 
Si aceptas el no defenderte estás mostrando que las opiniones de los demás no te afectan, 
que son simplemente opiniones y que no necesitas convencer a los otros para ser feliz. 

Tu silencio interno te vuelve impasible. 
Haz regularmente un ayuno de la palabra para volver a educar al ego, que tiene la mala costumbre de hablar todo el tiempo. 
Practica el arte de no hablar. 
Toma un día a la semana para abstenerte de hablar. O por lo menos algunas horas en el día según lo permita tu organización personal. 
Este es un ejercicio excelente para conocer y aprender el universo del Tao ilimitado en lugar de tratar de explicar con las palabras qué es el Tao. 

Progresivamente desarrollarás el arte de hablar sin hablar y tu verdadera naturaleza interna reemplazará tu personalidad artificial, 
dejando aparecer la luz de tu corazón y el poder de la sabiduría del silencio. 
Gracias a esta fuerza, atraerás hacia ti todo lo que necesitas para realizarte y liberarte completamente. 
Pero hay que tener cuidado de que el ego no se inmiscuya. 
El poder permanece cuando el ego se queda tranquilo y en silencio. 
Si tu ego se impone y abusa de este poder, el mismo poder se convertirá en un veneno y todo tu ser se envenenará rápidamente.

Quédate en silencio, cultiva tu propio poder interno. 
Respeta la vida de los demás y de todo lo que existe en el mundo. 
No trates de forzar, manipular y controlar a los otros. 
Conviértete en tu propio maestro y deja a los demás ser lo que son, o lo que tienen la capacidad de ser. 
Dicho en otras palabras, vive siguiendo la vida sagrada del Tao.



Tao Te Ching ~ Lao Tsé.

25 abril 2019

CÓMO RECONOCER EL ESPACIO INTERIOR


Un maestro zen caminaba en silencio con uno de sus discípulos por un sendero de la montaña. Cuando llegaron donde había un cedro antiguo, se sentaron para comer su merienda sencilla a base de arroz y verduras. Después de comer, el discípulo, un monje joven que no había descubierto todavía la clave del misterio del Zen, rompió el silencio para preguntar: "maestro, ¿cómo puedo entrar en Zen?"
Obviamente se refería a la forma de entrar en el estado de la conciencia que es el Zen.
El maestro permaneció en silencio. 
Pasaron casi cinco minutos durante los cuales el discípulo aguardó ansiosamente la respuesta. Estaba a punto de hacer otra pregunta cuando el maestro le preguntó repentinamente, "¿oyes el sonido de esa quebrada en la montaña"?
El discípulo no se había percatado de ninguna quebrada. Estaba demasiado ocupado pensando en el significado del Zen. Entonces, prestó atención al sonido y su mente ruidosa comenzó a aquietarse. Al principio no oyó nada. Después, sus pensamientos dieron paso a un estado de alerta, hasta que escuchó el murmullo casi imperceptible de una quebrada en la distancia.
"Sí, ahora lo oigo", dijo.
El maestro levantó un dedo y con una mirada a la vez dura y gentil, le dijo, "Entra al Zen desde allí".
El discípulo quedó asombrado. Fue su Satori, un destello de iluminación. Sabía lo que era el Zen sin saber qué era lo que sabía.
Después siguieron su camino en silencio. El discípulo no salía de su asombro al sentir la vida del mundo que lo rodeaba. Lo experimentó todo como si fuera la primera vez. Sin embargo, poco a poco comenzó a pensar nuevamente. El ruido de su mente sofocó nuevamente la quietud de su conciencia y no tardó en formular otra pregunta: "maestro", dijo, "he estado pensando. ¿Qué hubiera dicho usted si yo no hubiera logrado oír la quebrada en la montaña?" El maestro se detuvo, lo miró, levantó el dedo y dijo, "Entra al Zen desde allí".

El espacio entre los pensamientos probablemente se haya manifestado esporádicamente en su vida sin que usted se haya percatado. 
Para la conciencia obnubilada por las experiencias y condicionada para identificarse exclusivamente con la forma, es decir, para la conciencia del objeto, es casi imposible reconocer el espacio en un principio. Esto implica que es imposible tomar conciencia de nosotros mismos porque siempre estamos conscientes de alguna otra cosa. La forma nos distrae continuamente. Hasta en los momentos en que nos parece estar conscientes de nosotros mismos nos hemos convertido en un objeto, una forma de pensamiento, de modo que tomamos conciencia de un pensamiento, pero no de nosotros mismos.

Al oír hablar del espacio interior quizás usted se disponga a buscarlo, pero si lo busca como si se tratara de un objeto o una experiencia, no podrá encontrarlo. 
Ese es el dilema de todas las personas que buscan la realización espiritual o la iluminación. 
Jesús dijo, "El reino de Dios no vendrá con señales que puedan observarse; tampoco diréis, 'Ha llegado' o 'Aquí está, porque el reino de Dios está entre vosotros".

Cuando nos pasamos la vida insatisfechos, preocupados, nerviosos, desesperados o agobiados por otros estados negativos; cuando podemos disfrutar las cosas sencillas como el sonido de la lluvia o del viento; cuando podemos ver la belleza de las nubes deslizándose en el cielo o estar solos sin sentirnos abandonados o sin necesitar el estímulo mental del entretenimiento; cuando podemos tratar a los extraños con verdadera bondad sin esperar nada de ellos, es porque se ha abierto un espacio, aunque sea breve, en medio de ese torrente incesante de pensamientos que es la mente humana. 
Cuando eso sucede, nos invade una sensación de bienestar, de paz vívida, aunque sutil. La intensidad varía entre una sensación de contento escasamente perceptible y lo que los antiguos sabios de la India llamaron "Ananda" (la dicha de Ser). 
Al haber sido condicionados a prestar atención a la forma únicamente, quizás no podamos notar esa sensación, salvo de manera indirecta. Por ejemplo, hay un elemento común entre la capacidad para ver la belleza, apreciar las cosas sencillas, disfrutar de la soledad o relacionarnos con otras personas con bondad. Ese elemento común es la sensación de tranquilidad, de paz y de estar realmente vivos. Es el telón de fondo invisible sin el cual esas experiencias serían imposibles.

Cada vez que sienta la belleza, la bondad, que reconozca la maravilla de las cosas sencillas de la vida, busque ese telón de fondo interior a través del cual se proyecta esa experiencia. Pero no lo busque como si buscara algo. No podría identificarlo y decir, "lo tengo", ni comprenderlo o definirlo mentalmente de alguna manera. Es como el cielo sin nubes. No tiene forma. Es espacio; es quietud; es la dulzura del Ser y mucho más que estas palabras, las cuales, son apenas una guía. Cuando logre sentirlo directamente en su interior, se profundizará. Así, cuando aprecie algo sencillo, un sonido, una imagen, una textura, cuando vea la belleza, cuando sienta cariño y bondad por otra persona, sienta ese espacio interior de donde proviene y se proyecta esa experiencia.

Desde tiempos inmemoriales, muchos poetas y sabios han observado que la verdadera felicidad (a la que denomino la alegría de Ser) se encuentra en las cosas más sencillas y aparentemente ordinarias. 
La mayoría de las personas, en su búsqueda incesante de experiencias significativas, se pierden constantemente de lo insignificante, lo cual, quizás no tenga nada de insignificante. 
Nietzsche, el filósofo, en un momento de profunda quietud, escribió: "¡Cuán poco es lo que se necesita para sentir la felicidad!
Precisamente la cosa más mínima, la cosa más suave, la cosa más liviana, el sonido de la lagartija al deslizarse, un suspiro, una brizna, una mirada, la mayor felicidad está hecha de lo mínimo. Es preciso mantener la quietud.

¿Por qué la "mayor felicidad" está hecha de "lo mínimo"? Porque la cosa o el suceso no son la causa de la felicidad, aunque así lo parezca en un principio. La cosa o el suceso es tan sutil, tan discreto que compone apenas una parte de nuestra conciencia. El resto es espacio interior, es la conciencia misma con la cual no interfiere la forma. 
El espacio interior, la conciencia y lo que somos realmente en nuestra esencia son la misma cosa. En otras palabras, la forma de las cosas pequeñas deja espacio para el espacio interior. Y es a partir del espacio interior, de la conciencia no condicionada, que emana la verdadera felicidad, la alegría de Ser; Ananda. Sin embargo, para tomar conciencia de las cosas pequeñas, es necesario el silencio interior.
Se necesita un estado de alerta muy grande. Mantenga la quietud. Mire. Oiga. Esté presente.

He aquí otra forma de encontrar el espacio interior: tome conciencia de estar consciente. Diga o piense, "Yo Soy" sin agregar nada más. Tome conciencia de la quietud que viene después del Yo Soy. Sienta su presencia, el ser desnudo, sin velos, sin ropajes. Es el Ser para el cual no hay juventud, vejez, riqueza o pobreza, bien o mal, ni ningún otro atributo. Es la matriz espaciosa de toda la creación, de toda la forma.



Eckhart Tolle
“Una Nueva Tierra”.

05 abril 2019

CÓMO SABER SI ESTOY CONSCIENTE O INCONSCIENTE


Cuando dejamos por completo de estar identificados con las formas, la conciencia, lo que somos, se libera de su prisión en la forma. Esa liberación es el surgimiento del espacio interior. Se presenta como una quietud, una paz sutil en el fondo de nuestro ser, hasta en presencia de algo aparentemente malo. 
Entonces, súbitamente, hay un espacio alrededor del suceso. También hay espacio alrededor de los altibajos emocionales, incluso alrededor del sufrimiento. Y por encima de todo, hay espacio entre los pensamientos. Y desde ese espacio, emana una paz que "no es de este mundo", porque este mundo es forma y la paz es espacio. Es la paz de Dios.
Entonces, podremos disfrutar y honrar las cosas de este mundo sin atribuirles la importancia y el peso que no tienen. Podremos participar en la danza de la creación y llevar una vida activa sin apegarnos a los resultados y sin imponer exigencias exageradas al mundo: lléname, hazme feliz, hazme sentir seguro, dime quién soy. El mundo no puede darnos esas cosas, y cuando nos despojamos de esas expectativas desaparece todo el sufrimiento creado por nosotros mismos. Todo ese sufrimiento se debe a que le hemos dado un valor exagerado a la forma y al hecho de no tener conciencia de la dimensión del espacio interior. Cuando esa dimensión se manifiesta en nuestra vida, podemos disfrutar las cosas, las experiencias y los placeres de los sentidos sin perdernos en ellos, sin apegarnos a ellos. Es decir, sin volvernos adictos al mundo.
Cuando se pierde la dimensión del espacio o cuando no la reconocemos, las cosas del mundo adquieren una importancia absoluta, una seriedad y un peso que realmente no tienen. Cuando no vemos el mundo desde la perspectiva de lo informe, se convierte en un lugar amenazador y, en últimas, en un lugar de desesperación.

La vida de la mayoría de las personas está atestada de cosas: cosas materiales, cosas por hacer, cosas en qué pensar. Sus mentes están atestadas de pensamientos, que se suceden uno tras otro sin parar. Esa es la dimensión de la conciencia del objeto, la cual, constituye la realidad predominante de muchas personas y es la causante de tanto desequilibrio. 
A fin de que la cordura reine nuevamente en nuestro planeta, debemos equilibrar la conciencia del objeto con la conciencia del espacio. El surgimiento de la conciencia del espacio es la etapa siguiente en la evolución de la humanidad. Esta etapa ya la estamos experimentando.
Tener conciencia del espacio significa que además de tener conciencia de las cosas (que siempre se reducen a las percepciones sensoriales, los pensamientos y las emociones), hay un estado de alerta subyacente. Este estado de alerta implica que no solamente somos conscientes de las cosas (los objetos) sino también del hecho de ser conscientes. Es eso que percibimos como una quietud despierta en el fondo mientras las cosas suceden en primer plano. Es una dimensión que está presente en todos nosotros, pero que pasa inadvertida para la mayoría de las personas. Algunas veces la señalo cuando pregunto, "¿Puede sentir su propia Presencia?"

La conciencia del espacio representa no solamente la liberación del ego, sino también del materialismo y la materialidad. Es la dimensión espiritual, la única capaz de imprimir trascendencia y un verdadero significado a este mundo.
La razón verdadera por la cual nos molestamos ante una situación, una persona o un suceso no está en la persona, la situación o el suceso, sino en haber perdido la perspectiva verdadera que solamente el espacio nos puede proporcionar. Quedamos atrapados en la conciencia del objeto y perdemos de vista el espacio interior atemporal de la conciencia misma. 

Cuando estamos muy cansados generalmente entramos en un estado de mayor reposo y tranquilidad de lo normal. Esto se debe a que los pensamientos se aquietan y dejamos de recordar ese yo problemático fabricado por la mente.  
El alcohol y ciertas drogas (siempre y cuando no activen el cuerpo del dolor), nos hacen sentir más relajados, despreocupados y quizá más llenos de vida durante un tiempo. Podemos comenzar a cantar y a bailar, manifestando esas expresiones características de la alegría de vivir desde tiempos remotos. Al aligerarse el peso de la mente podemos vislumbrar la alegría de Ser. Quizás esta es la razón por la cual se habla de "bebidas espirituosas". Pero el precio es elevado: la inconsciencia. En lugar de elevarnos por encima del pensamiento caemos por debajo de él. Con unos tragos de más retrocedemos al reino vegetal.
La conciencia del espacio no tiene nada que ver con las "lagunas" mentales. Aunque los dos estados tienen en común el hecho de estar más allá del pensamiento, hay una diferencia fundamental entre los dos. En el primero, nos elevamos por encima del pensamiento, mientras que en el segundo caemos por debajo de él. 
El uno es el paso siguiente en la evolución de la conciencia humana y el otro es un retroceso hacia un estado del cual salimos hace millones de años.

Ver televisión es la actividad (o más bien la inactividad) de esparcimiento predilecta de millones de personas del mundo entero. Para muchas personas, la televisión es "relajante". Si observamos atentamente, nos damos cuenta de que mientras más tiempo mantenemos la atención enfocada en la pantalla, más se suspende la actividad del pensamiento y más tiempo pasamos viendo solamente la entrevista, el programa de juego, la comedia o hasta los comerciales sin generar un solo pensamiento. No solamente olvidamos por completo nuestros problemas, sino que nos liberamos de nosotros mismos transitoriamente. ¿Qué podría ser más relajante que esto?
Entonces, ¿es la televisión un medio para crear espacio interior? ¿Nos ayuda a estar presentes? Desafortunadamente no es así. Si bien la mente suspende su actividad durante períodos prolongados de tiempo, se conecta con la actividad mental del programa de televisión. Se conecta con la versión televisada de la mente colectiva y entra a pensar esos pensamientos. La mente está inactiva únicamente en el sentido de no generar sus propios pensamientos. Sin embargo, está absorbiendo continuamente los pensamientos y las imágenes provenientes de la televisión. Esto induce una especie de estado de trance y mayor susceptibilidad, parecido al de la hipnosis. Es por eso que es ideal para manipular "la opinión pública", como lo saben bien los políticos, los grupos de interés y los anunciantes. Es por eso que pagan millones de dólares para sorprendernos inermes en ese estado de receptividad. Buscan reemplazar nuestros pensamientos por los de ellos, y por lo general lo consiguen.
Así, mientras vemos televisión, la tendencia es a caer por debajo del pensamiento en lugar de elevarnos por encima de él.

En esto, la televisión se parece al alcohol y a ciertas drogas. Si bien nos libera transitoriamente del ruido de la mente, el precio también es alto: la inconsciencia. 
Lo mismo que las drogas, la televisión tiene una cualidad adictiva grande. Tomamos el control para apagar el aparato y en lugar de hacerlo comenzamos a repasar todos los canales. Media hora o una hora después todavía estamos viendo y recorriendo los canales. Es como si el botón de apagado fuera el único que el dedo no logra oprimir. Continuamos pegados al aparato no porque algo interesante atrae nuestra atención, sino precisamente porque no hay nada interesante para ver. Una vez atrapados, mientras más trivial y más sin sentido, más adictiva se vuelve. Si fuera interesante y desafiara el intelecto, llevaría a la mente a pensar nuevamente, lo cual sería más consciente y preferible a un trance inducido por un aparato. Entonces, las imágenes de la pantalla no mantendrían totalmente cautiva nuestra atención.
Si el contenido del programa es de cierta calidad, puede contrarrestar hasta cierto punto, o incluso deshacer el efecto adormecedor del medio de la televisión. 
Hay algunos programas que han sido de gran ayuda para muchas personas, les han cambiado la vida para bien, les han servido para abrir el corazón y les han ayudado a alcanzar el estado de conciencia. Hay incluso ciertas comedias que, aunque no tratan ningún tema en particular, son espirituales sin saberlo porque nos muestran una caricatura del ego y de la sinrazón humana. Nos enseñan a no tomarnos nada demasiado en serio, a vivir la vida con despreocupación y, por encima de todo, enseñan por medio de la risa. La risa es extraordinaria como factor liberador y también curativo. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la televisión continúa bajo el control de personas totalmente sometidas al ego, de tal manera que continuamos bajo el control de esa segunda intención de adormecernos. Es decir, de sumirnos en la inconsciencia. 
Sin embargo, el medio de la televisión encierra un potencial enorme, todavía inexplorado.
Debemos evitar los programas y los comerciales que nos agreden con una secuencia acelerada de imágenes que cambian cada dos o tres segundos o menos. El exceso de televisión y de esos programas en particular es el causante en gran medida del trastorno del déficit de atención, una disfunción mental que afecta a millones de niños del mundo entero. Esos períodos breves de atención se traducen en percepciones y relaciones vacuas e insatisfactorias. Todo lo que hagamos estando en ese estado carece de calidad, porque la calidad requiere atención.
Ver la televisión con frecuencia y por períodos prolongados no solamente nos sume en un estado de inconsciencia, sino que nos induce a la pasividad y nos agota la energía. Por consiguiente, en lugar de ver cualquier cosa, elija los programas que desee ver. 
Cada vez que recuerde, sienta la vida dentro de su cuerpo mientras está frente a la pantalla. Tome conciencia de su respiración periódicamente. Aparte los ojos de la pantalla a intervalos regulares para que ésta no se apodere por completo de su sentido de la vista. No suba el volumen más de lo necesario para que la televisión no se apodere de su sentido de la audición. Oprima el botón de silenciar el aparato durante los comerciales. Asegúrese de no dormirse inmediatamente después de apagar o, peor aún, de quedarse dormido con el televisor encendido.

¿Cómo saber si estoy consciente o inconsciente?

Cada vez que seas consciente del espacio que hay entre pensamiento y pensamiento, entre contenido y contenido, estás siendo consciente. Es decir, ser consciente de esta Vida que eres más allá del contenido de la experiencia. Esta Presencia que siempre es aquí y ahora, y que, a pesar de todos los sucesos y acontecimientos, siempre es inalterable, intocable y que nunca cambia. 
Ser consciente es reconocer el observador que eres, más allá de todo movimiento y forma. Y que esta consciencia que eres, nunca está sujeta al tiempo ni a la experiencia. Es en sí misma Esto que no puede ser explicado ni descrito, pues carece de atributos. 
Cuando observas atentamente todo el contenido de la experiencia y te preguntas “¿Soy consciente?” ¿Qué es lo que queda?.


Eckhart Tolle
“Una Nueva Tierra”. 
Camino al Despertar

23 marzo 2019

EL SUFRIMIENTO ES OPCIONAL


Surge mucho sufrimiento, mucha infelicidad, cuando crees que es verdad cada pensamiento que se te pasa por la cabeza. 
Las situaciones no te hacen infeliz. Pueden causarte dolor físico, pero no te hacen infeliz. Tus pensamientos te hacen infeliz. Tus interpretaciones, las historias que te cuentas, te hacen infeliz.
«Los pensamientos que estoy pensando ahora mismo me hacen infeliz.» Cuando te das cuenta de este hecho, rompes tu identificación inconsciente con dichos pensamientos.
Cuando estés sufriendo, cuando te sientas infeliz, estate totalmente con lo que es Ahora. La infelicidad y los problemas no pueden sobrevivir en el Ahora.
El sufrimiento comienza cuando nombras o etiquetas mentalmente una situación como mala o indeseable. Te sientes agraviado por una situación y ese resentimiento la personaliza, haciendo que surja el «yo» reactivo.
Considerar que algo es malo produce una contracción emocional en ti. Cuando dejas que la situación sea, sin nombrarla, de repente dispones de una enorme energía.
La contracción corta tu conexión con ese poder, el poder de la vida misma.
¿Puedes contenerte y no llamar mala o dolorosa a esa experiencia? ¿Puedes aceptar inmediatamente que ese momento es cómo es?

Ve más allá del bien y del mal absteniéndote de etiquetar mentalmente las cosas, de considerarlas buenas o malas. Cuando vas más allá del hábito de nombrar, el poder del universo se mueve a través. Cuando mantienes una relación no reactiva con las experiencias, muchas veces lo que antes hubieras llamado «malo» dará un giro rápido, cuando no inmediato, mediante el poder de la vida misma.
Observa qué ocurre cuando, en lugar de considerar «mala» una experiencia, la aceptas internamente, le das un «sí» interno, dejándola ser como es.
Sea cual sea tu situación existencial, ¿cómo te sentirías si la aceptases completamente como es, Ahora mismo?

Éste es el milagro: detrás de cada estado, persona o situación que parece «malo» o «malvado» se esconde un bien mayor. Ese bien mayor se te revela —tanto dentro como fuera— mediante la aceptación interna de lo que es.
Acepta lo que es.
"Realmente no puedo aceptarlo. Hace que me sienta molesto y enfadado."
Entonces acepta lo que es.
"¿Aceptar que estoy molesto y enfadado? ¿Aceptar que no puedo aceptarlo?"
Sí. Lleva aceptación a tu no-aceptación. Lleva rendición a tu no-rendición. A continuación, observa qué ocurre.

El dolor físico es uno de los profesores más severos que podemos tener. Su enseñanza es: «La resistencia es inútil.»
Nada podría ser más normal que el deseo de no sufrir. Sin embargo, si puedes abandonar esa actitud y permitir que el dolor esté presente, tal vez sientas una sutil separación interna del dolor, como un espacio entre el dolor y tú, por así decirlo. Esto implica sufrir conscientemente, voluntariamente. Cuando sufres conscientemente, el dolor físico puede quemar rápidamente el ego en ti, ya que el ego está compuesto en gran medida de resistencia. Lo mismo es válido para la incapacidad física extrema.

«Ofrecer tu sufrimiento a Dios» es otro modo de decir lo mismo.
No hace falta ser cristiano para comprender la profunda verdad universal contenida simbólicamente en la imagen de la cruz.
La cruz es un instrumento de tortura. Representa el sufrimiento más extremo, la mayor limitación, la mayor impotencia con la que un ser humano puede toparse. Entonces, de repente, ese ser humano se rinde, sufre voluntariamente, conscientemente, y eso queda expresado en las palabras: «Hágase tu voluntad y no la mía.» En ese momento, la cruz, el instrumento de tortura, muestra su cara oculta: también es un símbolo sagrado, un símbolo de lo divino. Lo que parecía negar la existencia de cualquier dimensión trascendental en la vida, se convierte, mediante la rendición, en una abertura a esa dimensión trascendental.

“El sufrimiento es opcional. La situación que experimentas es la que es, son tus pensamientos los que se alimentan del deseo y del miedo, haciéndote sufrir. 
Tu mente está constantemente generando sufrimiento porque hay un deseo de que la situación sea diferente de lo que es. Es decir, no aceptas lo que es, deseas cambiarlo. Hay mucha resistencia en tu interior porque estás establecido en tu mente; en el deseo de que esto sea diferente de lo que es. Buscas que esto cambie. Y esto justamente lo que produce tanto sufrimiento. Es ir en contra de la vida. 
¿Qué puedo hacer para dejar de sufrir?
Elimina el deseo de que esto sea diferente de lo que es, deja de alimentar tus pensamientos con miedos, inseguridades y negatividad. Una vez eliminas el deseo de que esto sea distinto y permites y aceptas que es como es, entonces, la mente descansa en el corazón y hay paz.
La aceptación de lo que es, es una de las prácticas espirituales más elevadas. El estado de consciencia más elevado es aquél en el que no hay ningún tipo de resistencia ni deseo de cambiar lo que es, sino la plena y total aceptación. Esta aceptación es la rendición del ego, del pequeño yo. Y cuando el ego se rinde, desaparece. Entonces, observa ¿qué es lo que queda?” (Camino al Despertar)



Eckhart Tolle
"El Silencio Habla".

16 marzo 2019

LO BUENO Y LO MALO


Había una vez un sabio que ganó un automóvil costoso en una lotería. La familia y los amigos se alegraron mucho por él y quisieron celebrarlo. "¿No es maravilloso?" exclamaron. "¡Eres tan afortunado!" El hombre sonrió y dijo, "Quizás". 
Durante algunas semanas disfrutó de su automóvil hasta que, un buen día, un conductor ebrio chocó contra él en una esquina y el hombre terminó herido en el hospital. Los familiares y amigos acudieron a verlo y le dijeron, "Qué mala suerte". Nuevamente, el hombre sonrió y dijo, "Quizás". 
Mientras estaba en el hospital, hubo un deslizamiento de tierra y su casa cayó en el océano. Nuevamente, los amigos fueron a verlo al día siguiente y exclamaron, "Qué suerte tan grande que hubieras estado aquí en el hospital". Su respuesta fue la misma: "Quizás".

En algún momento de la vida, la mayoría de las personas se dan cuenta de que no solamente nacen, crecen, tienen éxito, buena salud, placeres y victorias, sino de que también hay pérdidas, fracasos, envejecimiento, deterioro, sufrimiento y muerte. En términos convencionales se habla de lo bueno y lo malo, del orden y el desorden. 
Las personas suelen asociar el "significado" de la vida con lo "bueno", pero lo bueno permanece bajo la amenaza constante del colapso, la descomposición y el desorden. Es la amenaza de lo "malo", cuando las explicaciones fallan y la vida deja de tener sentido. Tarde o temprano, el desorden irrumpe en la vida de todo el mundo. Puede asumir la forma de una pérdida, un accidente, una enfermedad, la invalidez, la vejez y la muerte. Sin embargo, la llegada del desorden a la vida de una persona con el consiguiente colapso del significado definido por la mente, puede constituir la puerta de entrada a un orden superior.

El pensamiento aísla las situaciones y los sucesos y los califica de buenos o malos, como si existieran por separado. La realidad termina fragmentada a base de depender excesivamente del pensamiento. Esta fragmentación, si bien es una ilusión, parece muy real mientras estamos atrapados en ella. Sin embargo, el universo es un todo indivisible en el cual, todas las cosas están interconectadas y donde nada puede existir aisladamente.
La conexión profunda entre todas las cosas y todos los sucesos implica que los rótulos mentales de "bueno" y "malo" no son más que ilusiones. Siempre implican una perspectiva limitada, de tal manera que son verdaderos solamente de manera relativa y temporal. 

Ese "quizás" del hombre sabio de la historia anterior representa la renuncia a juzgar cualquier cosa que pueda suceder. En lugar de juzgarla, la acepta por lo que es, de manera que entra a estar conscientemente en consonancia con el orden superior. Sabe que a la mente le queda imposible muchas veces comprender el lugar o el propósito de un suceso aparentemente aleatorio en medio del tapiz del todo. Pero no hay sucesos aleatorios ni cosas que existan aisladamente por sí solas. Las causas del suceso más insignificante son virtualmente infinitas y están conectadas con el todo de manera que escapa a toda comprensión. Si quisiéramos devolvernos a encontrar la causa de cualquier suceso, tendríamos que remontarnos hasta el comienzo de la creación. El cosmos no es caótico. La palabra "cosmos" en sí significa orden. Pero no es un orden comprensible para la mente humana, aunque sí es posible vislumbrarlo a veces.

Detrás de la sucesión aparentemente aleatoria o hasta caótica de sucesos que acontecen en la vida y también en el mundo, yace oculto el desenvolvimiento de un orden y un propósito superiores. El proverbio Zen lo expresa bellamente así: "La nieve cae copo por copo, cada uno en su lugar preciso". 
Es imposible comprender este orden superior a través del pensamiento porque todo lo que pensamos es contenido, mientras que el orden superior emana del ámbito informe de la conciencia, de la inteligencia universal. Pero podemos vislumbrarlo y entrar en consonancia con él haciéndonos partícipes conscientes del desenvolvimiento de ese propósito superior.
Cuando paseamos por un bosque en el cual no ha intervenido la mano del hombre, nuestra mente pensante ve solamente el desorden y el caos. No logra tan siquiera diferenciar entre la vida (lo bueno) y la muerte (lo malo) porque por todas partes brota la vida a partir de la materia podrida y en descomposición. Es solamente si tenemos suficiente quietud interior y si se acalla el ruido del pensamiento que podemos tomar conciencia de la armonía oculta, de lo sagrado, del orden superior en el cual todo tiene su lugar perfecto y no podría ser de otra manera ni estar en otro lugar.

La mente se siente más cómoda en un parque construido por el hombre porque ha sido planeado a través del pensamiento; no ha crecido orgánicamente. Hay un orden comprensible para la mente mientras que, en el bosque, hay un orden incomprensible que la mente interpreta como caos y que está más allá de las categorías mentales de bueno y malo. No lo podemos comprender a través del pensamiento, pero sí sentirlo cuando logramos acallar la mente, hacer silencio y prestar atención sin tratar de comprender o explicar. Sólo entonces podemos tomar conciencia del aspecto sagrado del bosque. 
Tan pronto como sentimos la armonía oculta, lo sagrado, nos damos cuenta de que somos parte de eso mismo. Y cuando reconocemos esa verdad, nos hacemos partícipes conscientes de la misma. De esta manera, la naturaleza nos ayuda a entrar nuevamente en consonancia con la integralidad de la vida.

“Lo bueno y lo malo tan solo existen en la manera en cómo percibimos las situaciones externas y cómo es nuestro estado de consciencia. Para una persona, una situación puede ser buena y en cambio, para otra persona puede ser mala. Nada de lo que sucede en el exterior es bueno o malo, somos nosotros quienes lo juzgamos dependiendo de cómo es nuestra manera de percibir los sucesos y cómo es nuestra situación de vida.
La vida es como es”. (Camino al Despertar).



Eckhart Tolle 
“Una Nueva Tierra”. 

11 marzo 2019

PRÁCTICA PARA DISMINUIR EL EGO


El ego siempre está en guardia contra cualquier posibilidad de verse disminuido. Los mecanismos de reparación se activan automáticamente para restablecer la forma mental del "yo". Cuando alguien me culpa o me critica, el ego lo interpreta como una disminución del yo y trata inmediatamente de reparar esa disminución mediante la justificación, la defensa o la culpa. El que la otra persona tenga la razón o no, lo tiene sin cuidado. El ego está mucho más interesado en su conservación que en la verdad. Es la conservación de la forma psicológica del "yo". Algo tan normal como responder a gritos al conductor que nos insulta es un mecanismo automático e inconsciente de reparación del ego. 
Uno de los mecanismos de reparación más comunes es la ira, la cual infla al ego enormemente, aunque por un breve período. Todos los mecanismos de reparación son perfectamente lógicos para el ego, aunque son disfuncionales en la realidad.
Los más extremos son la violencia física y el autoengaño expresado en fantasías de grandeza.

Una práctica espiritual muy poderosa consiste en permitir la disminución del ego, cuando sucede, sin tratar de restaurarlo. Le recomiendo hacer el experimento de vez en cuando. Por ejemplo, cuando alguien lo critique, lo culpe o lo ofenda, en lugar de replicar y defenderse inmediatamente, no haga nada. Permita que su amor propio se quede disminuido y tome conciencia de lo que siente en su interior. Es probable que se sienta incómodo durante algunos segundos, como si se hubiera empequeñecido. Después sentirá que se amplía su espacio interno y que está intensamente vivo. No habrá menguado en lo absoluto. En realidad, se habrá expandido. Entonces quizás reconozca algo asombroso: cuando se sienta disminuido de alguna manera y se abstenga de reaccionar, no sólo externamente sino también internamente, se dará cuenta de que nada ha menguado realmente, que al ser "menos" se convierte en “más”. 
Cuando opta por no defender o fortalecer su forma, deja de identificarse con ella, con su imagen mental. Al ser menos, a los ojos del ego, se produce una expansión y se genera el espacio para que el Ser pueda manifestarse. El verdadero poder, lo que usted es más allá de la forma, podrá brillar a través de la forma aparentemente debilitada. 

Claro está, que eso no significa invitar al abuso o convertirse en víctima de las personas inconscientes. Algunas veces será necesario exigirle al otro con mucha firmeza que "tenga cuidado". Pero las palabras tendrán el poder que se obtiene cuando no hay defensividad del ego, cuando están privadas de la fuerza de la reacción. De ser necesario, podremos dar un "no" firme y contundente, pero un "no” de alta calidad, carente de toda negatividad.

Cuando nos sentimos satisfechos de no ser nadie en particular, contentos con no sobresalir, entonces, entramos en consonancia con el poder del universo. Lo que parece debilidad para el ego es en realidad la única fortaleza verdadera. La verdad del espíritu es diametralmente opuesta a los valores de nuestra cultura contemporánea y la forma como ésta condiciona el comportamiento de las personas.

“En lugar de tratar de ser una montaña, enseña el antiguo Tao Te Ching, seamos el valle del universo". De esta forma, volvemos a la unicidad y "todas las cosas llegarán".
Así mismo enseñó Jesús en una de sus parábolas, "cuando te inviten, siéntate en el lugar más humilde, de manera que cuando llegue tu anfitrión, pueda invitarte a ocupar un mejor lugar. Entonces serás honrado en presencia de todos los que comparten la mesa contigo. Porque aquel que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado".

Otro aspecto de esta práctica es abstenerse de fortalecer el yo evitando alardear o querer sobresalir, ser especial, dejar una impresión o exigir atención. Puede implicar abstenerse de expresar una opinión cuando todos los demás expresan la suya. Ensaye a hacerlo para ver cómo se siente.



Eckhart Tolle 
“Una Nueva Tierra”

02 marzo 2019

EL EGO, EL TIEMPO Y EL AHORA


La relación más importante y primordial de la vida es la relación con el Ahora. O mejor aún, con cualquiera que sea la forma que adopte el Ahora. Es decir, lo que es o lo que sucede. Si la relación con el Ahora es disfuncional, esa disfunción se reflejará en todas las relaciones y en todas las situaciones de la vida. El ego podría definirse sencillamente como una relación disfuncional con el momento presente. Es en este momento cuando podemos decidir la clase de relación que deseamos tener con el momento presente.
Una vez que hemos alcanzado un cierto nivel de conciencia, es decir, de Presencia, estamos en capacidad de decidir qué clase de relación deseamos tener con el momento presente. ¿Deseo que este momento sea mi amigo o mi enemigo? 
El momento presente es inseparable de la vida, de tal manera que nuestra decisión se refiere realmente a la clase de relación que deseamos tener con la vida. Una vez tomada la decisión de ser amigos con el momento presente, nos toca dar el primer paso: mostrarnos amigables con él, acogerlo independientemente de su forma de presentarse. Y no tardaremos en ver los resultados. La vida se torna amable con nosotros. La gente nos ayuda y las circunstancias cooperan. Pero es una decisión que debemos tomar una y otra vez, hasta que aprendemos a vivir naturalmente de esa manera.

Con la decisión de hacer amistad con el momento presente, viene el fin del ego. El ego no puede nunca estar en consonancia con el momento presente. Es decir, en consonancia con la vida, puesto que su propia naturaleza lo induce a resistir, menospreciar o hacer caso omiso del Ahora. 
El ego se nutre del tiempo. Mientras más fuerte es el ego, mayor es el tiempo durante el cual controla nuestra vida. Casi todos nuestros pensamientos se refieren al pasado o al futuro y el sentido de lo que somos depende del pasado, donde encuentra una identidad, o del futuro donde busca su realización. El temor, la ansiedad, la expectativa, el remordimiento, la culpa, y la ira son disfunciones del estado de la conciencia atrapada en el tiempo.

El ego trata el momento presente de tres maneras: 

1. Como un medio para lograr un fin. 
2. Como un obstáculo.
3. Como un enemigo. 

Analicemos una a una de tal manera que cuando ese patrón se apodere de usted, pueda reconocerlo y decidir nuevamente.
1. COMO UN MEDIO PARA LOGRAR UN FIN. 
En el mejor de los casos, el ego ve en el momento presente un medio para cumplir una finalidad. Sirve para llevarnos a algún momento en el futuro considerado más importante. Pero el futuro nunca llega salvo como momento presente y, por tanto, nunca es más que un pensamiento en la cabeza. En otras palabras, nunca estamos totalmente aquí porque siempre estamos ocupados tratando de llegar a algún otro lugar.

2. COMO UN OBSTÁCULO.
Cuando este patrón se acentúa, el momento presente es visto o tratado como si fuera un obstáculo a superar. Es allí donde surgen la impaciencia, la frustración y el estrés. Y en nuestra cultura, esa es la realidad cotidiana, el estado normal de muchas personas. La Vida, la cual ocurre ahora, es vista como un "problema", y todos habitamos en un mundo lleno de problemas que debemos resolver para ser felices, sentirnos realizados o comenzar realmente a vivir. El problema está en que por cada problema que resolvemos, aparece uno nuevo. Mientras veamos un obstáculo en el momento presente, los problemas no tendrán fin. "Seré lo que deseas que sea", dice la Vida o el Ahora. "Te trataré como tú me trates. Si me ves como un problema, eso seré para ti. Si me tratas como a un obstáculo, seré un obstáculo".

3. COMO UN ENEMIGO. 
En el peor de los casos, el momento presente es visto como un enemigo.
Cuando odiamos lo que hacemos, nos quejamos de nuestro entorno, maldecimos de las cosas que suceden o han sucedido; o cuando nuestro diálogo interno está lleno de lo que deberíamos o no deberíamos hacer, de acusaciones y señalamientos, entonces nos peleamos con lo que es, con aquello que de todas maneras ya es como es. Convertimos la Vida en nuestra enemiga y ella nos dice, "si lo que quieres es guerra, guerra tendrás". 
La realidad externa, la cual es siempre el espejo de nuestro estado interior, se experimenta como algo hostil.

Una pregunta crucial que debemos hacernos con frecuencia es ¿cuál es mi relación con el momento presente? 
Después debemos estar alertas para descubrir la respuesta. ¿Trato el Ahora apenas como un medio para llegar a una finalidad? ¿Lo veo como un obstáculo? ¿Lo estoy convirtiendo en enemigo? 
Puesto que el momento presente es lo único que tenemos, puesto que la vida es inseparable del Ahora, lo que la pregunta significa realmente es, ¿cuál es mi relación con la vida? Esta pregunta es una forma excelente de desenmascarar al ego y de entrar en el estado de Presencia. Aunque la verdad absoluta no está encarnada en la pregunta (en últimas, yo y el momento presente somos uno), es una guía importante hacia el camino correcto. Hágase esa pregunta con frecuencia, hasta que ya no la necesite.

¿Cómo trascender una relación disfuncional con el momento presente? Lo más importante es reconocerla en nosotros mismos, en nuestros pensamientos y en nuestros actos. Estamos en el presente en el momento mismo en que notamos que nuestra relación con el Ahora es disfuncional. Ver equivale al afloramiento de la Presencia. Tan pronto como vemos la disfunción, ésta comienza a desvanecerse. Algunas personas se ríen cuando ven esto. Con el reconocimiento viene el poder de elegir: la posibilidad de decirle "sí" al Ahora y de aceptarlo como amigo.


LA PARADOJA DEL TIEMPO

A simple vista, el momento presente es "lo que sucede". Puesto que los sucesos cambian continuamente, parecería que cada día de la vida consta de miles de momentos en los cuales suceden distintas cosas. El tiempo es para nosotros como una cadena interminable de momentos, algunos "buenos" y otros "malos". Sin embargo, si analizamos más detenidamente, es decir, a través de nuestra experiencia inmediata, descubrimos que realmente no hay muchos momentos. Descubrimos que lo único que hay es este momento.
La Vida siempre es ahora. La vida entera se desenvuelve en este Ahora constante. Los momentos pasados o futuros existen solamente cuando los recordamos o los imaginamos, trayéndolos a la mente en el único momento que existe: éste.
¿Por qué tenemos la impresión de que hay muchos momentos? Porque confundimos el momento presente con lo que sucede, con el contenido. Confundimos el espacio del Ahora con lo que sucede en ese espacio. Al confundir el momento presente con el contenido no solamente creamos la ilusión del tiempo, sino también la ilusión del ego.
He aquí la paradoja. Por una parte, ¿cómo podemos negar la realidad del tiempo? Lo necesitamos para ir de aquí para allá, para preparar la cena, construir una casa, leer este libro. Lo necesitamos para crecer, aprender cosas nuevas. Al parecer, consumimos tiempo en todo lo que hacemos. Todo está sujeto a eso.  
Todo parece estar sujeto al tiempo y, no obstante, todo sucede en el Ahora. Esa es la paradoja. Nunca experimentamos el tiempo propiamente, lo único que experimentamos es el momento presente o, más bien, lo que sucede en él. Si nos guiamos solamente por la evidencia directa, entonces no hay tiempo y lo único que existe es el Ahora.

Cuando fijamos para el futuro la meta de liberarnos del ego, nos damos más tiempo y, más tiempo significa más ego.
No podemos fijarnos la meta de liberarnos del ego y dar los pasos necesarios para alcanzarla en un futuro. Lo único que obtenemos es mayor insatisfacción, más conflictos internos, porque siempre nos parecerá que nunca llegamos, que nunca "alcanzamos" ese estado de liberación. 
Examine con cuidado si su búsqueda espiritual es una forma disfrazada de ego. Hasta tratar de deshacernos del "yo" puede ser una forma de querer más si la fijamos como una meta para el futuro.
Darse más tiempo es precisamente eso: darle más tiempo al "yo". 
El tiempo, es decir, el pasado y el futuro, es lo que alimenta y empuja al falso yo fabricado por la mente, y el tiempo vive en la mente. No es algo que exista objetivamente en "alguna parte". Si bien es una estructura mental necesaria para la percepción sensorial, indispensable para efectos prácticos, es el mayor obstáculo para llegar a conocernos. 
El tiempo es la dimensión horizontal de la vida, la capa superficial de la realidad. Y está además la dimensión vertical de la profundidad, accesible solamente a través del portal del momento presente. Entonces, en lugar de sumarnos tiempo, debemos eliminarlo. Eliminar al tiempo de la conciencia es eliminar al ego, es la única práctica verdaderamente espiritual.
Claro está que cuando hablamos de eliminar el tiempo no nos referimos al tiempo del reloj, el cual representa el uso del tiempo para efectos prácticos como fijar una cita o planear un viaje. Sería casi imposible funcionar en este mundo sin el tiempo del reloj. A lo que nos referimos es a la eliminación del tiempo psicológico, la preocupación constante de la mente egotista con el pasado y el futuro, y su resistencia a ser una con la vida viviendo en consonancia con la existencia inevitable del momento presente.
Cada vez que en lugar de decirle "no" a la vida le damos un "sí, cada vez que permitimos que el momento presente sea como es, disolvemos el tiempo y también el ego. 
Para sobrevivir, el ego debe dar más importancia al tiempo (pasado y futuro) que al momento presente. El ego no soporta la amistad con el momento presente, salvo por breves momentos, lo suficiente para obtener lo que desea. Pero no hay nada que satisfaga al ego durante mucho tiempo. Mientras controle nuestras vidas, nos hará infelices de dos maneras. Una, al no obtener lo que deseamos y la otra al obtener lo que deseamos.
Todo aquello que es o que sucede, es la forma adoptada por el Ahora. Mientras nos resistamos internamente, la forma, es decir el mundo, se convertirá en una barrera impenetrable que nos separará de lo que somos más allá de la forma, de la Vida única informe que somos. Cuando damos un "sí" interior a la forma adoptada por el Ahora, esa forma se convierte en la puerta hacia la dimensión de lo informe. La separación entre la Conciencia Divina y el mundo se disuelve.
Cuando reaccionamos contra la forma que la vida adopta en este momento, cuando tratamos al Ahora como un medio, un obstáculo o un enemigo, fortalecemos nuestra propia identidad en la forma: el ego. De allí la reactividad del ego. 
¿Qué es reactividad? Es la adicción a la reacción. Mientras más reactivos somos, más nos enredamos con la forma. Mientras más identificados con la forma, más fuerte es el ego. Entonces nuestro Ser a duras penas logra proyectar su luminosidad a través de la forma.
Cuando no oponemos resistencia a la forma, aquello que está más allá de ella en nuestro interior emerge como una Presencia que lo abarca todo, un poder silencioso mucho más grande que la breve identidad con la forma, mucho más grande que la persona. Es nuestra esencia más profunda.

La no resistencia es la clave para el mayor de los poderes del universo. A través de ella, la conciencia (el espíritu) se libera de su prisión en la forma. No resistirse internamente a la forma (a lo que es o a lo que sucede) es negar la realidad absoluta de la forma. La resistencia hace que el mundo y las cosas, incluida nuestra propia identidad, parezcan más reales, más sólidos y más duraderos de lo que son. Dota al mundo y al ego de un peso y de una importancia absoluta que hacen que tomemos al mundo y a nuestra persona muy en serio. Entonces confundimos el juego de la forma con una lucha por sobrevivir, y al ser ésa nuestra percepción, se convierte en nuestra realidad.
El sinnúmero de sucesos y de formas que adopta la vida es por naturaleza efímero. Todo es pasajero. Las cosas, los cuerpos, los egos, los sucesos, las situaciones, los pensamientos, las emociones, los deseos, las ambiciones, los temores y el drama llegan con aire de gran importancia y cuando menos acordamos se han ido, desvanecidos en la nada de donde salieron. ¿Alguna vez fueron reales? ¿Fueron algo más que un sueño, el sueño de la forma?
Cuando abrimos los ojos en la mañana, el sueño de la noche se disuelve y decimos, "fue sólo un sueño, no fue real". Pero tuvo que haber algo real en el sueño o de lo contrario no habría podido suceder. Cuando se aproxima la muerte, podemos mirar hacia atrás y preguntarnos si la vida fue apenas otro sueño. Ahora mismo, si recuerda las vacaciones del año pasado o el drama de ayer, podrá ver que son muy parecidos al sueño de anoche.

Está el sueño y también el soñador del sueño. El sueño es un juego breve de las formas. Es el mundo: real en términos relativos, pero no absolutos. Y está el soñador, la realidad absoluta en la cual van y vienen las formas. El soñador no es la persona, la persona es parte del sueño. El soñador es el substrato en el cual aparece el sueño, la dimensión atemporal detrás del tiempo, la conciencia que vive en la forma y está detrás de ella. El soñador es la conciencia misma, es lo que somos.
Nuestro propósito ahora es despertarnos en el sueño. Cuando estamos despiertos en el sueño, el drama creado en la tierra por el ego llega a su fin y aparece un sueño más benigno y maravilloso. Es la nueva tierra.



Eckhart Tolle - “Una Nueva Tierra”.

19 febrero 2019

CÓMO DESCUBRIR NUESTRA VERDADERA ESENCIA


“No ser nada es la condición requerida para ser”. (Rumi)

¿Quién soy yo?

Las personas que viven en la inconsciencia, atrapadas en el ego, se apresuran a responder esta pregunta. Hablan de su nombre, ocupación, historia personal, la forma o el estado de su cuerpo, y de cualquier otra cosa con la cual se identifican. Otras parecerían más evolucionadas al decir que son espíritu o almas inmortales. ¿Pero realmente se conocen a sí mismas, o apenas han adoptado algunos conceptos de visos espirituales como parte del contenido de su mente?
Conocernos a nosotros mismos no es limitarnos a adoptar una serie de ideas o creencias. En el mejor de los casos, las ideas y las creencias espirituales son pautas importantes, pero rara vez encierran el poder para desalojar los conceptos medulares arraigados de lo que creemos ser, los cuales son parte del condicionamiento de la mente humana. El conocimiento profundo de nuestro ser no tiene nada que ver con las ideas que flotan en nuestra mente. Conocernos a nosotros mismos implica estar anclados en el Ser, en lugar de estar perdidos en la mente.

LO QUE CREEMOS SER

Nuestro sentido de lo que somos determina cuáles han de ser nuestras necesidades y las cosas a las cuales les atribuiremos importancia en la vida; y todo aquello que nos parezca importante tendrá el poder de perturbarnos e irritarnos. Esto se puede utilizar como criterio para descubrir hasta qué punto nos conocemos a nosotros mismos. 
Lo que nos importa no es necesariamente lo que expresamos ni aquello en lo cual creemos, sino aquello que se manifiesta como serio e importante a través de nuestros actos y de nuestras reacciones. Entonces conviene preguntarnos: "¿Cuáles son las cosas que me irritan y me alteran?" 
Si las nimiedades tienen el poder para molestarnos, entonces eso es exactamente lo que creemos ser: un ser insignificante. Esa será nuestra noción inconsciente. ¿Cuáles son las cosas insignificantes? En últimas, todas las cosas son insignificantes, porque todas las cosas son transitorias.
Podemos decir, "sé que soy un espíritu inmortal", o "estoy cansado de este mundo de locos y lo único que deseo es paz", hasta cuando suena el teléfono. Malas noticias: hubo un colapso de la bolsa de valores; se dañó el negocio; se robaron el automóvil; llegó la suegra; se canceló el viaje; se canceló el contrato; el compañero se ha ido; piden más dinero; dicen que es culpa nuestra. Entonces se levanta en nuestro interior una oleada de ira o ansiedad. La voz se torna dura: "no soporto más esto". Acusamos, culpamos, atacamos, nos defendemos o nos justificamos, y todo eso sucede en piloto automático. 
Obviamente hay algo más importante para nosotros que la paz interior que pedíamos hace un momento, y tampoco somos ya un espíritu inmortal. El negocio, el dinero, el contrato, la pérdida o la amenaza de pérdida son más importantes.
¿Para quién? ¿Para el espíritu inmortal que dijimos ser? No, para mí. Para ese pequeño yo que busca la seguridad o la realización en cosas transitorias y que se enoja o se pone nervioso cuando no las encuentra.
Bueno, por lo menos ahora sabemos quiénes creemos ser realmente.
Si la paz es realmente lo que deseamos, debemos elegir la paz. Si la paz fuera más importante para nosotros que todo lo demás y si supiéramos de verdad que somos espíritu en lugar de un pequeño yo, no reaccionaríamos, sino que nos mantendríamos totalmente alertas frente a situaciones o personas difíciles.
Aceptaríamos inmediatamente la situación y nos haríamos uno con ella en lugar de separarnos de ella. Entonces, a partir del estado de alerta, vendría nuestro actuar. Sería un actuar proveniente de lo que somos (conciencia) y no de lo que creemos ser (el pequeño yo). Sería entonces una respuesta poderosa y eficaz que no convertiría a la persona o a la situación en enemiga.

El mundo siempre se encarga de que no nos engañemos durante mucho tiempo acerca de lo que pensamos ser, mostrándonos las cosas que realmente nos importan. La forma como reaccionamos ante las personas y las situaciones, especialmente en los momentos difíciles, es el mejor indicador del conocimiento real que tenemos de nosotros mismos.
Mientras más limitada y más egotista sea nuestra idea de nosotros mismos, más atención prestaremos y más reaccionaremos ante las limitaciones del ego, ante la inconsciencia de los demás. 
Los "defectos" que vemos en los otros se convierten, para nosotros, en su identidad. Eso significa que veremos solamente el ego en los demás, reforzando así el nuestro. En lugar de mirar "más allá" del ego de los demás, fijamos nuestra atención en él. ¿Quién ve el ego? Nuestro ego.

Las personas que viven en estado profundo de inconsciencia, experimentan el ego viendo su reflejo en los demás. 
Cuando reconocemos que aquellas cosas de los demás que nos producen una reacción son también nuestras (y a veces sólo nuestras), comenzamos a tomar conciencia de nuestro propio ego. 
En esa etapa es probable que también nos demos cuenta que les hacíamos a los demás lo que pensábamos que ellos nos hacían a nosotros. Dejamos de considerarnos víctimas.

Puesto que no somos el ego, el hecho de tomar conciencia de él no significa que sepamos lo que somos: sólo reconocemos lo que no somos. Pero es gracias a ese conocimiento de lo que no somos que logramos eliminar el mayor obstáculo para llegar a conocernos realmente.

Nadie puede decirnos lo que somos. Sería apenas otro concepto más, incapaz de cambiarnos. No hace falta una creencia para saber lo que somos. En efecto, todas las creencias son obstáculos. Ni siquiera necesitamos alcanzar la realización, porque ya somos lo que somos. Pero sin la realización, nuestro ser no puede proyectar su luminosidad sobre el mundo. Permanece en el ámbito de lo inmanifiesto. Es decir, en nuestro verdadero hogar. Entonces somos como la persona que finge ser pobre mientras tiene cien millones de dólares en su cuenta, con lo cual el potencial de su fortuna jamás se manifiesta.

CONOCER LO QUE REALMENTE SOMOS 

A veces quizás no queramos saber lo que somos por miedo a descubrirlo. Muchas personas abrigan el temor secreto de ser malas. Pero no seremos nada de lo que averigüemos sobre nosotros. Nada que podamos saber sobre nosotros es nuestra esencia.
Mientras algunas personas no desean saber quiénes son por temor, otras tienen una curiosidad insaciable acerca de sí mismas y desean saber más y más. No confundamos el hecho de saber sobre nosotros con el hecho de conocernos a nosotros mismos.
Saber sobre nosotros es el contenido de la mente condicionada por el pasado. Todo aquello que averigüemos con el psicoanálisis o la observación propia es acerca de nosotros, acerca del yo. No es lo que somos, es contenido, no esencia. Ir más allá del ego implica salirnos del contenido.
Conocernos a nosotros mismos es ser nosotros mismos y, para ello, debemos dejar de identificarnos con el contenido.
La mayoría de las personas se definen a sí mismas a través del contenido de su vida. Todo lo que percibimos, experimentamos, pensamos o sentimos es contenido. El contenido es lo que absorbe por completo la atención de la mayoría de la gente y es aquello con lo cual se identifican.
Cuando pensamos o decimos, "mi vida", no nos referimos a la vida que somos sino a la vida que tenemos, o parecemos tener. Nos referimos al contenido: la edad, la salud, las relaciones, las finanzas, la situación laboral y de vida, y también el estado mental y emocional. Las circunstancias internas y externas de la vida, el pasado y el futuro, pertenecen al plano del contenido, al igual que los sucesos. Es decir, todo aquello que acontece.
Pero, ¿qué más hay aparte del contenido? Aquello que nos permite ser; el espacio interior de la conciencia. Aquello que únicamente podemos reconocer, cuando estamos, en total silencio.



Eckhart Tolle 
"Una Nueva Tierra".

14 febrero 2019

SUPERAR LA ADICCIÓN


Una adicción es un comportamiento compulsivo de vieja data y la adicción vive dentro de nosotros casi como una entidad o una personalidad secundaria; un campo de energía que se apodera periódicamente de nosotros por completo. Hasta se apodera de nuestra mente, de la voz mental, la cual, entonces se convierte en la voz de la adicción.

Una adicción es un patrón mental condicionado que surge de un deseo de obtener placer de algún objeto o persona. También es una forma de identificarse con dicho objeto de placer y generar un falso sentido de yo en función de este objeto. Es decir, el yo se identifica con el objeto que le causa placer y surge un sentido de ser alguien en función de ese objeto, por lo que cuanto más tengo este objeto, más se fortalece mi sentido de identidad.
Este patrón mental condicionado puede venir de vidas pasadas o heredarlo del árbol familiar. Todos aquellos patrones mentales condicionados que no se han sanado en nuestros antepasados, van pasando de generación en generación hasta que un miembro de la familia lo haga consciente y lo trascienda. 
Por ejemplo: cuando un miembro de nuestra familia es adicto al alcohol, genera un patrón mental condicionado en el subconsciente que pasará de padres a hijos, siendo lo más probable que uno de los hijos será adicto también al alcohol. Este patrón se rompe cuando el heredero toma consciencia y elige, por tanto, no seguir con el mismo hábito de sus progenitores. 

Las adicciones pueden ser múltiples: al alcohol, al tabaco, a las drogas, al juego, a la comida, sobre todo la procesada, también adicción a una persona, a un objeto, adicción a comprar, adicción al sexo, a la televisión, al celular, a internet, etc. Todo lo que se convierte en un medio para lograr placer en la mente, es adictivo. Y todo objeto del cual el yo busca su sentido de identidad, también acaba siendo adictivo, ya que el yo necesita alimentarse de ese objeto para seguir manteniendo su identidad.

La adicción es una necesidad, un deseo del “yo”, del ego. El ego necesita más de su objeto de adicción porque está totalmente identificado con eso. Es decir, su identidad se establece en función del objeto de la adicción. Él desea y necesita ese objeto en concreto para seguir fortaleciendo su sentido de “yo”, su identidad. 
Cuando el objeto de la adicción empieza a desaparecer, el ego puede empezar a sentirse desesperado por no poder satisfacer el deseo de su adicción. Y esta desesperación se origina porque sin el objeto de deseo, el sentido de “yo”, la identidad, acaba desapareciendo. El sentido de ser alguien, la identidad del ego, empieza a debilitarse y tiende a morirse y la persona se siente como que no es nadie cuando no tiene su objeto de deseo.  

Para poder superar la adicción es necesario ser consciente de que tenemos dicha adicción.
Si estamos identificados con la voz de la mente a causa de nuestra inconsciencia, caeremos en las garras del deseo de la adicción. Pues caer en una adicción concreta es debido a nuestra total inconsciencia.
Si tienes un patrón de comportamiento compulsivo como fumar, comer en exceso, beber, ver televisión, Internet, o cualquier otro, haz lo siguiente: cuando notes que la urgencia de la adicción comienza a manifestarse, para y respira conscientemente tres veces. De esta manera se establece un estado de alerta.
Detente durante unos minutos a observar la urgencia misma y a sentir ese campo de energía en tu interior (sentir la Presencia Yo Soy).
Siente conscientemente la necesidad física o mental de ingerir o consumir una determinada sustancia o el deseo de manifestar el comportamiento compulsivo. Después respira conscientemente otras cuantas veces. Verás que la ansiedad desaparece, al menos transitoriamente. 

Cuando nuestra atención reposa en la Presencia Yo Soy, solo hay "Yo Soy", todo lo demás ha desaparecido. Esto puede durar muy pocos segundos, por tanto, hay que mantener la atención en la Presencia "Yo Soy" el máximo tiempo posible, a fin de que nuestra atención refuerce la Presencia y de esta manera se vaya debilitando el deseo o ansia por ese objeto de la adicción.
Todo depende de donde ponemos nuestra atención: allá donde ponemos la atención, eso crece, se intensifica, y allá donde quitamos la atención, eso acaba desapareciendo. Por tanto, cada vez que surja el deseo o ansia o necesidad de obtener el objeto de placer (la adicción), fija la atención en tu interior, en la Presencia "Yo Soy" y permanece consciente descansando ahí.

No lo conviertas en un problema. Convierte la adicción en parte de tu práctica espiritual de conciencia. A medida que aumentes la conciencia, los patrones adictivos se debilitarán hasta disolverse finalmente.
Recuerda observar los pensamientos que justifican el comportamiento adictivo a medida que van pasando por tu mente. Pregúntate de quién es la voz y te darás cuenta de que la que habla es la adicción. 
Mientras lo sepas, mientras estés presente en calidad de observador de tu mente, es menos probable que ésta logre engañarte para que hagas lo que ella desea.



Eckhart Tolle
Camino al Despertar 
(Imagen: Lee Jeffries)