05 octubre 2014

EL CUERPO DEL DOLOR (2ª parte)


EL CUERPO DEL DOLOR EN LOS NIÑOS

En los niños, el cuerpo del dolor a veces se manifiesta a través del mal humor o el retraimiento. El niño se torna hosco, se niega a relacionarse y puede sentarse en un rincón a chuparse el dedo o abrazado a un muñeco. También se puede manifestar a través de accesos de llanto o de pataletas. El niño grita, se tira al piso o incurre en comportamientos destructivos.
El hecho de no conseguir lo que desea puede desencadenar al cuerpo del dolor, y en un cuerpo del dolor apenas en desarrollo, la fuerza del deseo puede ser intensa.
Los padres podrán sentirse perplejos sin saber qué hacer y sin poder creer que su pequeño ángel se ha convertido en un monstruo en tan sólo unos segundos. "¿De dónde sale tanta desesperación?" se preguntan.
Es el cuerpo del dolor colectivo de toda la humanidad, el cual se remonta al origen mismo del ego humano, que se manifiesta a través del niño.
El Cuerpo del dolor no es individual, es colectivo. Todos los seres humanos tienen cuerpo del dolor. Y éste se manifiesta más intensamente en algunas personas que en otras.
El niño quizás recibió sufrimiento de los cuerpos del dolor de sus padres, de tal manera que éstos podrán ver en su hijo el reflejo de lo que hay en ellos.
El hecho de tener que presenciar la inconsciencia de sus padres, les provoca un dolor emocional insoportable, de tal manera que son estos niños quienes llegan a tener cuerpos del dolor muy densos en la edad adulta.
Los padres que tratan de ocultar sus cuerpos del dolor, no engañan a sus hijos. "No debemos pelear delante de los niños", dicen, pero eso sólo significa que mientras conversan educadamente, el hogar está cargado de energía negativa.
No hay que suprimir el cuerpo del dolor, pues los niños absorben esa energía negativa, hay que dejarlo manifestar, observándolo, tomando consciencia de que está ahí, sin identificarse con él.
Los padres suelen preguntarse cómo manejar el cuerpo del dolor de sus hijos. La primera pregunta, por supuesto, es si están manejando el propio. ¿Lo reconocen dentro de sí mismos? ¿Pueden mantenerse lo suficientemente presentes cuando se activa para poder tomar conciencia de él antes de que pueda convertirse en una "persona infeliz"?
Mientras un niño sufre un ataque del cuerpo del dolor, no es mucho lo que podamos hacer salvo ESTAR PRESENTES a fin de no dejarnos arrastrar hacia una reacción emocional y evitar así que el cuerpo del dolor del niño se alimente de ella.
El cuerpo del dolor se frustrará al ver que los padres no reaccionan y seguramente exagerará su ataque un poco más, antes de tranquilizarse.
Conviene hablar con el niño sobre lo sucedido cuando se serene, o al día siguiente. Pero no se trata de hablarle al niño sobre el cuerpo del dolor. Lo mejor es hacerle preguntas como, "¿qué te pasó ayer cuando no podías dejar de gritar? ¿Recuerdas? ¿Cómo te sentiste? ¿Te gustó esa sensación? ¿Tiene nombre eso que te sucedió? ¿Si pudieras darle un nombre, cómo lo llamarías? ¿Querrías hacer un dibujo para explicar cómo fue?"

El propósito de este tipo de preguntas es despertar en el niño su facultad para observar, es decir, su Presencia. De esa manera, el niño aprenderá a no identificarse con el cuerpo del dolor.

Con el tiempo, la conciencia se irá fortaleciendo mientras el cuerpo del dolor se debilita. El niño estará desarrollando más Presencia.

RECONOCER EL CUERPO DEL DOLOR

No toda la infelicidad es del cuerpo del dolor. Una parte es nueva infelicidad, creada cada vez que no estamos en armonía con el momento presente.
Cuando reconocemos que el momento presente es lo que es, lo que ya está sucediendo y es inevitable, podemos aceptarlo, no crear más infelicidad, y eliminar toda resistencia, entonces nos apropiarnos del poder de la Vida misma.
Para reconocer el cuerpo del dolor veremos que la infelicidad siempre es completamente desproporcionada (exagerada) en relación con su causa. Aunque generalmente no es la persona "poseída" por el cuerpo del dolor quien lo reconoce.
Una persona con un cuerpo del dolor pesado, encuentra fácilmente las razones para sentirse alterada, molesta, afligida, triste o temerosa. Las cosas insignificantes que en otra persona provocarían solamente un encogimiento de hombros y una sonrisa indiferente, se convierten en la causa de un sufrimiento intenso. Y no son la causa verdadera, sino el factor desencadenante, de revivir las viejas emociones acumuladas.
Vemos el presente a través de los ojos del pasado emocional que llevamos dentro. Lo que vemos o experimentamos no está en el suceso ni en la situación, sino en nosotros.
La persona con un cuerpo del dolor pesado, suele encontrar imposible distanciarse de su historia cargada de emoción.
Mientras más emoción negativa haya en una historia, más pesada es. Así, la historia no se reconoce como tal sino que se la confunde con la realidad.
Cuando estamos completamente atrapados en el pensamiento y las emociones que lo acompañan, es imposible desprendernos porque ni siquiera sabemos que podemos hacerlo. Estamos atrapados en nuestra propia película o ilusión.

La emanación de energía de una persona con un cuerpo del dolor activo es muy densa y pesada y les resulta muy desagradable a los demás.
Cuando se cruzan con esa persona, hay quienes sienten la necesidad de apartarse inmediatamente o de reducir al mínimo su interacción con ella. Se sienten repelidas por su campo de energía.
Otras personas sienten una ola de agresión dirigida contra ellas y reaccionan con grosería, atacándola verbalmente o hasta físicamente también. Eso significa que hay algo en su interior que resuena con el cuerpo del dolor del otro.
Las personas cuyos cuerpos del dolor son pesados y activos viven con frecuencia en situaciones de conflicto. Algunas veces, ellas mismas las provocan. Pero otras veces quizás ni siquiera hagan nada. La negatividad que emanan es suficiente para atraer la hostilidad y generar el conflicto.
Se necesita un alto grado de Presencia para evitar reaccionar cuando se está frente a una persona con un cuerpo del dolor tan activo.
Cuando logramos estar presentes, a veces sucede que nuestra Presencia lleva a la otra persona a dejar de identificarse con su cuerpo del dolor y a experimentar un despertar súbito, un “satori”. 
"Satori" es un momento de Presencia, es un instante en el cual dejamos de lado la voz mental, los procesos de pensamiento y su manifestación física en forma de emoción.
Es el afloramiento de un espacio interior donde antes residían el tumulto y la perturbación causados por los pensamientos y las emociones.
Aunque este despertar sea de corta duración, será la iniciación de todo el proceso.

EJEMPLOS DE CUERPOS DEL DOLOR

Si un niño crece con padres para quienes el dinero es motivo de dramas y conflictos frecuentes, podría absorber el temor de sus padres con respecto al dinero y desarrollar un cuerpo del dolor que se activa cuando hay problemas económicos.
Estas son personas que se enojan por cantidades insignificantes de dinero. Detrás de su enojo hay problemas de temor intenso y de supervivencia.

Un niño abandonado o descuidado por sus padres en la infancia, seguramente desarrollará un cuerpo del dolor que tenderá a activarse en todas las situaciones que resuenen con su sufrimiento de abandono.

El amigo que llega tarde a recogerlo en el aeropuerto o el cónyuge que llega tarde a la casa, puede desencadenar un gran ataque del cuerpo del dolor.
Si su compañero los abandona o se muere, el dolor emocional que sienten es mucho más intenso que el que sería natural en una situación como ésa. Podría manifestarse en forma de angustia intensa, depresión debilitante o ira obsesiva.

La niña víctima del abuso de su padre, su cuerpo del dolor se activa fácilmente en cualquier relación cercana con un hombre. O la emoción de su cuerpo del dolor puede empujarla hacia un hombre cuyo cuerpo del dolor es semejante al de su padre. Su cuerpo del dolor puede sentir una atracción magnética hacia alguien que pueda alimentarlo con el mismo dolor.


Una persona que vino al mundo sin ser deseada y no recibió amor sino apenas un mínimo de cariño y atención de su madre, desarrolló un cuerpo del dolor pesado constituido por un intenso anhelo insatisfecho por el amor y la atención de su madre. Y al mismo tiempo, un odio profundo hacia ella por negarle lo que necesitaba.
Al llegar a la edad adulta, casi todos los hombres desencadenaban la carencia de su cuerpo del dolor, el cual se manifestaba como una compulsión adictiva por "conquistar y seducir" prácticamente a todas las mujeres a quienes conocía a fin de obtener el amor y la atención femenina de los cuales estaba sediento su cuerpo del dolor.
Lo mismo sucede con las mujeres, buscan un hombre para obtener el amor y la atención que no les dio su padre.

Cuando aprendemos a reconocer nuestro cuerpo del dolor, aprendemos cuáles son los factores que lo activan.
Tan pronto como se presentan esos factores, los reconocemos por lo que son y entramos en un estado de alerta.
También notamos la reacción emocional que cobra forma en el cuerpo del dolor, pero en el estado de Presencia alerta no nos identificamos con él, lo cual significa que el cuerpo del dolor no puede apoderarse de nosotros y convertirse en la voz de la mente.
Cada vez que estamos Presentes cuando el cuerpo del dolor se manifiesta, parte de la energía emocional negativa se quema, por así decirlo, y se transmuta en Presencia.
El resto del cuerpo del dolor se retirará rápidamente a la espera de una oportunidad más propicia para aflorar nuevamente, cuando estemos menos conscientes.
El cuerpo del dolor tendrá una mejor oportunidad cuando perdamos Presencia, quizás después de beber unos tragos o mientras vemos una película violenta, o cuando estemos distraídos (falta de Presencia).
La emoción negativa más insignificante como estar irritados o ansiosos, también puede servir de puerta para el regreso del cuerpo del dolor.
El cuerpo del dolor necesita de la inconsciencia. No tolera la luz de la Presencia.

Cada vez que el cuerpo del dolor se apodera de nosotros, cada vez que no lo reconocemos por lo que es, pasa a ser parte del ego. Todo aquello con lo cual nos identificamos se convierte en ego.
Las personas cuyo cuerpo del dolor es muy fuerte, llegan a veces a un punto en el que la vida se torna intolerable, donde ya no pueden soportar más dolor ni más drama. Están hartas de ser infelices. Por tanto, la paz interior pasa a ser la primera prioridad.
La fuerza intensa del dolor emocional las lleva a dejar de identificarse con el contenido de su mente (pensamientos y emociones, es decir, su ego).
Entonces reconocen no ser ni su historia de infelicidad ni la emoción que están sintiendo. El cuerpo del dolor se convierte en el vehículo para despertar, en el factor decisivo que las obliga a asumir el estado de Presencia.
Renuncian a resistirse, entran en un estado de alerta, quietud y unión con aquello que es.

¿CÓMO NOS LIBERAMOS DEL CUERPO DEL DOLOR?


Depende del estado de Presencia de cada persona. 
La causa del sufrimiento no es el cuerpo del dolor sino la identificación con él.
No es el cuerpo del dolor sino la identificación con él la que nos empuja a revivir el pasado una y otra vez y la que nos mantiene en un estado de inconsciencia.
Cuando se activa el cuerpo del dolor, debemos reconocer que lo que sentimos es el cuerpo del dolor, el dolor acumulado que tenemos dentro. Este reconocimiento es todo lo que se necesita para romper la identificación con el cuerpo del dolor. Y cuando la identificación cesa, comienza la transmutación. Porque dejamos de creer que somos el cuerpo del dolor. 
Reconocemos el cuerpo del dolor y lo aceptamos, lo abrazamos. Mantenemos un estado de Presencia mientras observamos nuestro cuerpo del dolor; de esta manera se va disolviendo, se va quemando, va desapareciendo. Entonces damos paso a lo que verdaderamente somos, al todo que somos, a nuestra verdadera naturaleza. 
Conocernos a nosotros mismos implica estar anclados en el Ser, en lugar de estar perdidos en la mente.


Eckhart Tolle 

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